La verdad es que después de leer La Bodega de Noah Gordon no puedo por menos que describirla como una excelente novela que he devorado casi sin respirar.
En ella he podido palpar el sentimiento de terruño, del pequeño elaborador que vierte toda su pasión en hacer realidad un sueño. En este caso su propio vino al margen de una tradición marcada por brebajes inbebibles. El no sentirse el ombligo del mundo y saber reaccionar a tiempo absorbiendo las enseñanzas adquiridas en el Langedoc.

Junto al libro he podido saborear un vino fuera de ruta como es el Moscatel de Vinícola Hidalgo. Un vino que acompaña muy bien la lectura hecha con reposo y tranquilidad, disfrutando del placer de la lectura.
De tonalidad ambarina, brillante, con notas a pasas y miel, fresco y con buena acidez acompañó unas onzas de chocolate Amatller, 70% cacao Ghana, desconocido para mí y que nos dejó una muy buena impresión. Untuoso, con un sabor pleno a cacao que te llena la boca y un ligero amargor final muy sutil pero crea adicción.

Bueno, ya lo decía la gran Celia Cruz “Aaaaazuuucar“, y es que tengo que reconocer que uno es golosón, golosón.

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