¡Qué nadie se escandalice que no voy ha tocar temas escabrosos!

Ayer celebramos en Salamanca lo que mundialmente es conocido como el Lunes de Aguas, tradición cuyos orígenes se remontan al siglo XVI cuando el rey Felipe II dicta unas ordenanzas según las cuales las prostitutas que habitaban en la Casa de la Mancebía local debían de ser trasladadas, durante la Cuaresma, fuera de la ciudad, para que los hombres, sin la presencia de la «tentación», evitasen caer en el pecado de la lujuria.

A partir del Miércoles de Ceniza dichas meretrices eran trasladadas al otro lado del río Tormes. Hasta el primer lunes después del de Pascua permanecían bajo la custodia del Padre Putas (clérigo encargado de vigilar, cuidar y atender a las prostitutas). En esta fecha éste las conducía de vuelta a la ciudad, vitoreado por una multitud de estudiantes que no ahorraban en hornazo, bebida y bailes para celebrar la llegada de estas cortesanas con una fiesta en las riberas del Tormes y barcas engalanadas.

En este día la ciudad queda vacía y solemos reunirnos con amigos y familiares en el campo, parques o jardines para degustar tamaña exquisitez -no exenta de riesgos para aquellos que arrastran problemas con el colesterol, ¡pero qué coño, un día es un día!-.

Pero claro el hornazo no puede tomarse sólo y se debe acompañar de buenos vinos que hagan justicia a las «tajadas» de lomo, chorizo, jamón, huevo,… y nosotros no fuimos menos, regado con un Patio 2005 de Bodegas Samuel Canopotencia, estructura y a la vez frescura. Está excelente– y Comenge Cr. 2004, uno de los mejores Riberas que he probado y que realmente sorprendió a propios y extraños.

En fin, y eso dió todo de sí. El año que viene más… hornazo.

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