Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

I. La invitación que nunca llega

Hay una imagen que me persigue desde hace tiempo. La de una cata de vino a la que no me han invitado. No porque no quisieran, sino porque el ecosistema que organiza esas catas no sabe muy bien qué hacer conmigo. No soy restaurador, no compro por cajas, no tengo el respaldo de una publicación con logo y tirada auditada. Soy un aficionado con un blog, una buena colección de cicatrices en el bolsillo y una curiosidad que no se rinde fácilmente.

Las catas de vino, en España, tienen una lógica muy clara. La siguen casi todos los actores del sector, aunque nadie la haya escrito en ningún sitio. Es una lógica comercial, razonable en sus propios términos, pero que deja fuera a una porción enorme de personas a las que, en teoría, el vino debería importarles: los aficionados sin credenciales, los curiosos que no saben muy bien cómo entrar en este mundo sin sentirse en un examen que nadie les ha explicado cómo preparar.

Voy a intentar poner nombre a todo eso. Sin ánimo de queja, que la queja sola no lleva a ningún sitio, pero sí con ganas de entender el mapa. Porque a veces, entender el mapa ya es la mitad del camino.

II. El ecosistema: una pirámide con forma de botella invertida

El mundo de las catas en España está habitado por varios tipos de actores, y conviene distinguirlos antes de hablar de quién manda. La confusión entre todos ellos es, ella sola, una de las razones por las que el aficionado independiente se pierde.

En la cima están las bodegas. Organizan catas de presentación de añadas, lanzamientos, eventos de enoturismo. Su objetivo es siempre comercial —legítimamente comercial, no hay nada que reprocharles— y sus invitados son, por ese orden, importadores, distribuidores, restauradores de cierto nivel, periodistas especializados con audiencia demostrable y, si sobra hueco, algún bloguero al que se le supone influencia. El aficionado anónimo, cuando aparece, lo hace pagando una entrada de enoturismo.

Justo debajo están las distribuidoras, que son, en la práctica, las grandes organizadoras de catas en España, aunque el público general casi no lo perciba. Una distribuidora de cierto tamaño puede representar a cientos de bodegas en exclusiva. Sus catas —que pueden ser espléndidas, con elaboradores presentes y vinos difíciles de conseguir— están pensadas para fidelizar a su cartera de clientes profesionales: restaurantes, hoteles, tiendas especializadas. Son catas para el canal HORECA. No para ti.

El tercer nivel lo ocupan las tiendas de vino y vinotecas, que sí abren sus catas al público con más frecuencia. A veces son gratuitas para clientes, a veces tienen un coste de entrada razonable. Aquí empieza a haber algo de acceso real, aunque la selección de vinos suele estar condicionada por el catálogo de la tienda, que a su vez depende de sus acuerdos con distribuidores.

Luego están los sommeliers freelance y las empresas de eventos, cuyo modelo de negocio se ha orientado masivamente hacia el team building corporativo. Sus catas son buenas, a menudo divertidas y bien conducidas, pero cuestan lo que cuestan y no están pensadas para el aficionado que quiere aprender, sino para la empresa que quiere entretener a su equipo.

Y al final, en la base de la pirámide, estamos los independientes. Los grupos de cata entre amigos con un presupuesto definido por el coste de las botellas a catar. Los bloggers, que también pueden formar parte de los grupos de cata y que además compramos las botellas de nuestro bolsillo para escribir sobre ellas. Los aficionados que organizamos lo que podemos con lo que tenemos, sin red comercial y sin agenda.

La pirámide del acceso al vino tiene forma de botella invertida. Arriba, donde hay más líquido, están las bodegas, las distribuidoras, los clientes profesionales. Abajo, donde cada gota cuenta, estamos el resto.

 

Vista en copa

III. La influencia de las distribuidoras: el filtro invisible

Hay algo que raramente se nombra en las conversaciones sobre crítica del vino, y es la influencia que ejercen las distribuidoras sobre qué vinos se catan, qué elaboradores se visibilizan y qué narrativas circulan en el sector.

No es una influencia maliciosa. Es sencillamente estructural. Una distribuidora importante representa a sus bodegas, las promueve, las lleva a ferias, organiza catas para presentarlas a sus clientes. Eso significa que los vinos que entran en ese circuito tienen una plataforma que los vinos sin distribuidor no tienen. El elaborador pequeño, el proyecto de garaje, la bodega que trabaja en directo con sus clientes sin intermediarios, existe en otro universo de visibilidad.

Para el crítico o el blogger que quiere cubrir el sector, esto tiene una consecuencia práctica muy concreta: los vinos que llegan a tu mesa —porque alguien te los manda, porque te invitan a una presentación, porque aparecen en ferias con acreditación de prensa— son en gran medida los vinos que alguien ha decidido promover. Los demás los tienes que ir a buscar tú, pagándotelos, sin que nadie te ayude a encontrarlos.

La pregunta incómoda es esta: ¿puede un crítico independiente construir una visión honesta del panorama vinícola español si una parte sustancial de los vinos que conoce son los que alguna distribuidora ha decidido que conozca? No es que la respuesta sea necesariamente no. Pero la pregunta merece formularse.

Yo, personalmente, intento compensarlo como puedo. Compro vinos que nadie me ha mandado. Busco elaboradores que trabajan directamente con sus clientes. Visito bodegas cuando puedo pagármelo. Pero soy consciente de que hay un mapa del vino español que nunca voy a ver completo si no tengo acceso a los circuitos donde ese mapa se dibuja.

 

IV. El caso del independiente: libertad como sinónimo de soledad

Organizar una cata modesta —digamos, seis vinos para ocho a 12 personas— tiene su coste sólo en vino. A eso hay que sumarle copas adecuadas si no las tienes, un espacio si no lo tienes, fichas de cata si quieres hacerlo con cierto rigor. Sin patrocinio, sin que nadie te mande muestras, sin descuentos de bodega, todo sale del mismo bolsillo en el que llevas las llaves de casa, aunque si diriges un grupo de cata -yo llevo dirigiendo uno cerca de 20 años- el coste es más “distributivo”.

Las bodegas envían muestras. Eso es un hecho. Pero las envían a los medios de referencia, a los críticos con audiencias grandes y medibles, a los prescriptores que pueden mover aguja en ventas. El blogger pequeño —sin importar su calidad, su honestidad o su conocimiento— rara vez entra en ese circuito. No porque no valga, sino porque no aparece en el radar de quienes deciden a quién enviar botellas.

Las ferias y concursos tienen acreditaciones de prensa. Conseguirlas sin pertenecer a una asociación profesional reconocida, sin una publicación con ISSN o sin un medio detrás que te avale, es una carrera de obstáculos que a veces no lleva a ningún sitio. He intentado acreditarme en algún evento y la respuesta, cuando llega, suele ser cortés y definitiva: no cumples los requisitos, salvo que conozcas a algún miembro de la organización, que eso siempre ayuda.

Y luego está la trampa más sutil: cuando sí llegan invitaciones —porque llevas tiempo escribiendo, porque alguien te ha descubierto, porque una bodega pequeña te ha leído y le has gustado— frecuentemente hay una expectativa implícita. No escrita, no mencionada, pero presente. La expectativa de que cubrirás el evento, hablarás bien del vino, mencionarás la bodega con cariño. La independencia, en ese contexto, tiene un precio. Y el precio es, a veces, no volver a recibir invitaciones.

Podría sonar a queja, y no quiero que suene así. Lo que quiero decir es que la independencia tiene un valor real y concreto —puedo escribir lo que pienso de un vino sin que nadie me lo impida— pero ese valor viene acompañado de una soledad también real y concreta. No hay red. No hay colchón. No hay nadie que organice las cosas por ti.

En mi caso siempre compro los vinos que cato para preservar precisamente mi independencia. Otra cosa es que los elaboradores, las bodegas, me faciliten la compra poniéndome precio de distribuidor, no tenga que pagar los portes o, en el caso de que insistan en no cobrarme los vinos, tengan presente que mi independencia se mantendrá invariable.

La ventaja de no tener vínculos comerciales es que puedes decir lo que piensas. La desventaja es que muchas veces lo dices solo, con una botella que te has pagado tú, en un blog que nadie ha promocionado.

Copas en la cata

V. El enólogo inaccesible: la fuente que más sabe y menos se ve

Hay una ironía en el corazón del mundo del vino que no suele mencionarse. La persona que más puede explicar un vino —el enólogo, el bodeguero, el viticultor que lleva veinte años conociendo cada parcela— es precisamente la persona a la que el aficionado independiente tiene más difícil acceso.

La diferencia entre leer en una ficha técnica que un vino «tiene crianza de doce meses en barrica de roble francés» y sentarte diez minutos con el enólogo que lo hizo para que te explique por qué eligió ese roble y no otro, esa tostada y no otra, ese tiempo y no más ni menos, es la diferencia entre información y comprensión. La ficha técnica la puede leer cualquiera. La conversación con el enólogo vale un mundo.

Los críticos de referencia internacional tienen ese acceso. Es parte de su trabajo y parte del valor que aportan a sus lectores. La visita a la bodega, la barrica abierta, la conversación sin filtros con quien ha tomado las decisiones. El blogger independiente, cuando tiene suerte, consigue una visita de enoturismo con copa al final y explicación protocolaria. Cuando tiene menos suerte, descarga la ficha técnica de la web y tira con eso.

La cita previa es otro obstáculo real. Muchas bodegas, especialmente las de tamaño medio, solo reciben visitas para grupos de un tamaño mínimo —a veces veinte o treinta personas— y en horarios que no siempre encajan con la vida de alguien que no trabaja en el sector. Un aficionado solo, o un pequeño grupo de curiosos sin afiliación a ninguna asociación, no tiene un hueco claro en ese modelo.

Hay una paradoja interesante aquí, y es que los proyectos más pequeños, los elaboradores más artesanales, los bodegueros que trabajan solos o casi solos, suelen ser mucho más accesibles. Precisamente porque no tienen departamento de comunicación, ni protocolo de visitas, ni agenda de prioridades marcada por un departamento de marketing. Muchas veces basta con mandar un correo honesto, explicar quién eres y qué te interesa, y la respuesta es una invitación a pasar por allí cuando quieras.

Esa paradoja me parece reveladora. Los vinos más difíciles de encontrar en el circuito comercial son, en ocasiones, los más fáciles de conocer en persona. Y los elaboradores más accesibles son, a menudo, los que menos necesitan el sistema para existir.

Entender por qué un vino sabe cómo sabe no está en ninguna ficha técnica. Está en una conversación de diez minutos con quien lo hizo. Conseguir esa conversación, sin credenciales y sin agenda, es a veces la parte más difícil del trabajo.

 

VI. Zoom, Meet y la bodega en el salón: ¿democratización o sucedáneo?

La pandemia aceleró algo que ya estaba latente en el sector. La cata virtual, con envío previo de vinos a domicilio y conexión en directo por Zoom o Meet, pasó de ser una curiosidad a ser un formato con cierta implantación real. Varias bodegas y sommeliers lo adoptaron durante el confinamiento por pura necesidad, y algunos lo han mantenido porque funciona.

El modelo básico es sencillo: recibes en casa un pack de vinos —normalmente dos o tres botellas— y a una hora determinada te conectas a una videollamada donde un sommelier, un bodeguero o el propio enólogo conduce la cata mientras los participantes abren sus botellas desde sus salones.

Para el aficionado independiente, este formato tiene una ventaja que no se valora suficientemente: elimina la barrera geográfica. Un grupo de amigos dispersos entre Salamanca, Madrid y Bilbao puede catar juntos un vino de Galicia con el propio elaborador conectado desde su bodega. Eso, en formato presencial, sería logísticamente imposible sin un presupuesto que muy poca gente tiene.

Pero hay algo más interesante todavía. Algunas bodegas pequeñas, sin recursos para organizar eventos presenciales ni estructura para gestionar visitas, han descubierto en el formato online una manera viable de conectar directamente con el consumidor. Y para el blogger o el aficionado independiente, esto abre una puerta que antes estaba más cerrada: proponer una cata virtual con el elaborador en directo es, en muchos casos, más fácil que conseguir una visita presencial. No hay que gestionar desplazamientos, no hay que ajustar agendas de un grupo de personas a la misma ciudad y el mismo día. Basta con una propuesta honesta y una pantalla.

Pero no quiero pintar este formato sin sus sombras. La cata virtual tiene carencias evidentes. No puedes ver el color del vino con la misma luz que en una sala bien iluminada. No hay el ambiente de una bodega: ese olor particular a madera y humedad que forma parte de la experiencia y que ninguna cámara puede transmitir. La degustación colectiva —el momento de compartir impresiones en tiempo real, de escuchar lo que el de al lado percibe y que tú no habías notado— se fragmenta en cuadraditos de pantalla. El vino es también presencia, y la presencia no se digitaliza.

La propuesta que me parece más interesante, y es la que últimamente llevo a cabo, es el formato híbrido: un grupo reunido físicamente en un espacio local —en nuestro caso en un restaurante que cubre nuestras necesidades— con el bodeguero o el enólogo conectado en remoto desde su propia bodega. Lo mejor de los dos mundos: la experiencia colectiva y presencial que hace que una cata mantenga un contacto directo -aunque online- con el elaborador que antes requería un desplazamiento.

Las redes sociales juegan aquí un papel de puente. Una bodega que publica en Instagram el proceso de vendimia, o en TikTok los primeros días de fermentación, está construyendo un vínculo con una audiencia que luego puede querer ir más allá: apuntarse a una cata online, pedir una visita, comprar directamente. El contenido digital no reemplaza la experiencia del vino, pero puede ser el gancho que lleve a alguien hasta ella.

¿Y si la cata del futuro para el aficionado sin recursos no es ni en una bodega ni en un bar, sino en el salón de alguien, con tres botellas llegadas por correo y el enólogo al otro lado de la pantalla explicando por qué ese vino huele como huele? ¿Es eso democratización o es un sucedáneo? Quizá las dos cosas. Quizá eso sea suficiente para empezar.

Cata online

VII. Una pregunta abierta, no una respuesta cerrada

No voy a terminar este texto con un decálogo de soluciones. El mundo del vino lleva décadas con los mismos problemas de acceso y los mismos debates sobre democratización, y no creo que yo tenga la clave que a otros se les ha escapado.

Lo que sí tengo es una pregunta que me parece útil. ¿Qué haría falta para que una cata organizada por un aficionado sin presupuesto, en un local cedido por alguien con buena voluntad o pagando una cuota por su uso, con vinos de menos de diez euros la botella y el enólogo conectado desde su pantalla, pudiera ser el primer contacto real de alguien con el mundo del vino? ¿Qué tendría que cambiar para que esa persona saliera de ahí con ganas de repetir, con un par de referencias apuntadas en el móvil y la sensación de que este mundo tiene algo que ofrecerle?

El blogger independiente tiene algo que ninguna distribuidora puede comprar: la ausencia de agenda comercial. Puede elegir los vinos que le parecen interesantes, no los que alguien ha decidido promover. Puede hablar de los fracasos además de los éxitos. Puede decir que un vino de veinte euros no vale lo que cuesta, o que uno de ocho euros es una maravilla. Puede organizar una cata temática que ningún departamento de marketing habría aprobado porque no favorece a ninguna marca en particular.

Eso no es poco. Es, de hecho, bastante valioso en un mundo donde la crítica del vino vive con demasiada frecuencia en los márgenes de los intereses comerciales del sector. El problema es que ese valor existe en un mercado que, por ahora, no ha aprendido del todo a reconocerlo.

Mientras tanto, seguimos comprando botellas de nuestro bolsillo, organizando catas con los medios que tenemos, escribiendo sobre vinos que nadie nos ha mandado y esperando que alguien al otro lado de la pantalla encuentre en ese texto algo que le ayude a entender un poco mejor lo que tiene en la copa.

No es mal oficio. Solo es un poco solitario y cada vez quedamos menos.

¡Salud y buen vino!

Fátima Ceballos Simón: El rostro de la nueva era en Montilla-Moriles.

Fátima Ceballos Simón: El rostro de la nueva era en Montilla-Moriles.

Hoy cominezo con un recorrido por varias bodegas en las que las mujeres juega un importante papel ya sea como viticultoras, enólogas o bodegueras que espero sean de vuestro interés. Unas más conocidas que otras, pero todas, como Fátima Ceballos, reescribiendo la historia del vino de nuestro país.

Hay trayectorias que solo pueden explicarse por vocación auténtica y Fátima Ceballos es una de elllas. Se crió en Montellano, un pueblo de Sevilla, pero con raíces familiares en León. Estudió en la capital hispalense Ingeniería Química —y no Industrial, precisamente porque la rama química le abría la puerta a entender la producción del vino— pasando después a cursar Enología en Córdoba. El camino, sin embargo, fue tortuoso: al terminar la carrera hizo prácticas en centrales nucleares, hasta que decidió apostar con firmeza por el mundo del vino.

La mosca del vino, como ella misma la llama, la picó sin remedio.

La enología española ha sido históricamente un territorio de hombres, y Montilla-Moriles no es una excepción. Fátima Ceballos representa, junto a otras pocas enólogas de su generación, un cambio de paradigma. Su perfil es el de una profesional que combina rigor técnico —Ingeniería Química, Enología, formación en Francia— con una mirada sensible al territorio.

Una formación forjada en Francia

Fátima desarrolló una etapa de formación europea que pocas enólogas españolas de su generación pueden igualar. Tras estudiar su último año de Ingeniería Química en Lyon, se fue a la región del Languedoc, a la bodega Domaine Gayda, donde pasó cuatro años y medio. Allí fundó y lideró el departamento de calidad, pero también trabajó en viña y elaboración, tocando todos los palos, con viñedos de terruños diferentes y varias zonas de vinificación.

Después de Languedoc, se trasladó a Avignon, donde trabajó para una consultora activa en la zona del Ródano y la Provenza, recorriendo bodegas que iban desde grandes cooperativas hasta pequeños productores en rincones remotos. La formación se completó con una vendimia en Burdeos dedicada en exclusiva a la elaboración de tintos mediante métodos tradicionales y termovinificación.

Esta experiencia francesa es el pilar sobre el que descansa toda su filosofía enológica.

Un ecosistema de proyectos

Fátima Ceballos no es solo una bodeguera: es una figura central del nuevo Montilla-Moriles. Su influencia se extiende desde su propio proyecto Lagar de la Salud  a otros varios dentro de la DO: es enóloga del proyecto parcelario Los Insensatos de la Antehojuela, responsable de los vinos blancos tranquilos de Toro Albalá, y consultora del Lagar de Santa Magdalena. Desde la vendimia de 2021 gestiona también un nuevo proyecto de Toro Albalá en el Bierzo, explorando distintos terruños con variedades de maduración tardía en orientación norte.

El punto de inflexión

«Creo que hay un punto de inflexión aquí en la zona Montilla-Moriles, como en otras zonas de España», afirma Fátima. Y ella misma es parte de ese punto de inflexión: una enóloga que llegó por amor, se quedó por convicción, y está demostrando que el pedro ximénez seco de albariza puede estar entre los blancos más interesantes de España.

El Quejigal

La variedad: pedro ximénez más allá del dulce

Pedro ximénez es aquí la uva reina. Uva blanca, casi transparente, de piel fina y pulpa muy jugosa, con un contenido alto en azúcares, y con la que Fátima ha hecho de su reinterpretación en seco su gran aportación al panorama vinícola español. Con formación clásica francesa y pasión por los vinos de terruño, creó la línea Miut para Toro Albalá —acrónimo de Mimo, Identidad, Uva y Tierra— para demostrar que esta variedad puede expresarse con elegancia y tensión más allá de los vinos dulces.

En su proyecto Los Insensatos de la Antehojuela, la elaboración busca extraer la expresión parcelaria de la pedro ximénez: fermentación en tinaja con control de temperatura y crianza biológica bajo velo de flor en tinaja durante siete meses. Lo que cambia de un vino a otro son la parcela, la edad de las viñas, la altitud, la pendiente y la orientación. Un ejercicio de precisión borgoñona aplicado a Andalucía.

Filosofía vitícola: biodiversidad y trabajo manual

La firma Dulas trabaja el viñedo de forma manual, con una filosofía ecológica que fomenta la biodiversidad y el equilibrio de las plantas. El ecosistema del viñedo depende de microorganismos que descomponen la materia orgánica y hierbas que airean el suelo con sus raíces, favoreciendo el desarrollo de las cepas. Aran la tierra un par de veces al año y desbrozan para controlar la cubierta vegetal sin eliminar la competencia del todo.

Una viticultura de escucha al terreno, sin artificios.

Albarizas

El regreso a Montilla: amor, tierra y pedro ximénez

Fue en Languedoc donde conoció a Miguel Puig alma pater del proyecto, cuyo bisabuelo había sido propietario del Lagar de la Salud en Montilla. Fátima llegó por primera vez a ese lagar histórico en 2014 y se enamoró del lugar. La historia del Lagar de la Salud, con generaciones de familia vinculadas a la tierra, y el potencial de sus viñedos fueron decisivos.

Lagar de la Salud es el proyecto personal de Fátima Ceballos y Miguel Puig, construido sobre la finca familiar de Miguel de donde nace el proyecto Dulas, «salud» leído al revés, una forma de conservar el origen y la tradición pero desde otra perspectiva.

El terruño: albariza, sierra y Moriles Altos

Para entender los vinos de Fátima Ceballos hay que entender el territorio en el que trabaja. La DO Montilla-Moriles tiene dos zonas de calidad superior bien diferenciadas: la Sierra de Montilla y Moriles Altos. Los suelos del Lagar de la Salud pertenecen a los ruedos —tierras más profundas, fértiles y arcillosas, con vetas ferrosas en la parte de pedro ximénez—, mientras que las zonas más altas de la sierra producen vinos más finos.

En sus proyectos parcelarios, Fátima trabaja con fincas en los puntos más elevados. En la Sierra de Montilla, en el paraje elegido, las viñas tienen más de 70 años con un sistema radicular tan potente que la uva madura conservando el frescor. La mayoría son pedro ximénez, pero también hay cepas de Baladí y Montepila, variedades autóctonas que aportan complejidad histórica.

El suelo protagonista es la albariza: rica en carbonato cálcico, compuesta de margas blandas con una textura frágil, pobre en materia orgánica pero de composición mineral singular. Es el mismo tipo de suelo que confiere identidad a Jerez, pero con un clima más continental y mayor amplitud térmica, lo que aporta frescor a uvas que crecen bajo un sol extremo.

Los vinos de la cata

La selección de los vinos fue propuesta por Fátima Ceballos ya que considero que nadie conoce mejor a los «hijos» como sus propios «padres» y así iniciamos el recorrido por 6 vinos marcados todos por una personalidad propia y compartiendo los 4 blancos la misma uva, pedro ximenez, pero con sensaciones totalmente distintas.

1.- Dulas 2022

Las uvas de Pedro Ximénez que dan vida a este vino proceden de una parcela singular de 1,2 hectáreas en el Pago del Lagar de la Salud, donde los suelos de arcillas calcáreas y ferruginosas imprimen al fruto un carácter inconfundible. La vendimia, enteramente manual y con rigurosa selección de racimos, inaugura un proceso de elaboración de gran delicadeza: prensado a baja presión para preservar lo mejor de la uva, fermentación en barricas de roble francés de distintas capacidades —225, 300 y 500 litros— y una paciente crianza sobre lías de doce meses que asienta y afina la personalidad del vino. 12,86 % vol.

En copa, ofrece una vista de amarillo limpio y luminoso, de notable elegancia visual. En nariz, despliega un abanico complejo y armonioso: toques salinos y de fruta blanca que se entrelazan con leves notas empireumáticas —ese sutil recuerdo al fósforo que tanto caracteriza ciertos vinos de guarda—, apuntes florales discretos y, sobre todo, la identidad inconfundible de la Pedro Ximénez seca, ese alma varietal que lo define y distingue.

Es lo que algunos catadores podrían llamar un vino horizontal: integrado, redondo, en plena madurez expresiva, aunque con reservas de potencial para quien tenga la paciencia de esperarlo.

En boca, la elegancia continúa: acidez precisa, equilibrio impecable y un retrogusto sabroso y salino que redondea con maestría todo lo que la nariz había prometido.

2.- Los injertos 2023

Este vino nace de una historia tan apasionante como el propio líquido que la contiene. Fátima Ceballos lo elabora en colaboración con la Bodega Los Insensatos, de la mano de seis amigos que, en plena pandemia —el año 2021—, decidieron lanzarse a la aventura de hacer vino de manera, en sus propias palabras, «insensata». De aquel impulso nació un proyecto que hoy, por fortuna, da frutos extraordinarios.

La uva, también Pedro Ximénez, proviene del Pago de La Cañada Navarro, en la Sierra de Montilla, donde las viñas arraigan en alberos ligeros de tosca de antehojuela con textura franco-arcillosa. La parcela, orientada en eje noroeste-sureste, presenta una pendiente del 15 % y se asienta a 525 metros de altitud, condiciones que confieren frescura y tensión al conjunto. La vendimia tuvo lugar el 29 de agosto de 2022.

La elaboración es meticulosa y llena de intención: recolección manual, despalillado y estrujado, prensado suave, desfangado en frío durante 24-48 horas y fermentación en tinaja de hormigón con temperatura controlada. El vino completa después siete meses de crianza biológica bajo velo de flor en tinaja, ese proceso ancestral que aporta profundidad y complejidad al resultado final.

En copa, el color es un amarillo pálido con reflejos verdosos, vivo y brillante. La nariz es un viaje de contrastes fascinantes: desde la frescura cítrica hasta los recuerdos ahumados y ese punto mineral que evoca casi el queroseno —sí, esa nota que a más de un catador le ha traído a la memoria los mejores Rieslings—, pasando por apuntes de bollería y una mineralidad que vertebra el conjunto.

Si Dulas es un vino horizontal —envolvente, integrado, que se expande en amplitud—, este Los Injertos apunta decididamente en la dirección contraria: es un vino vertical, ascendente, directo. Tiene carácter, volumen en boca, un recorrido generoso y una sabrosa y elegante sapidez que lo convierte en una experiencia memorable.

viñedo en primavera

3. La Condená 2023: El último aliento de un patrimonio

Este vino nace de una paradoja triste: es el homenaje a una viña que ya no existe. La Condená debe su nombre al destino fatal de sus cepas, arrancadas en 2021 para ceder su sitio al olivar. Sin embargo, Fátima Ceballos y el colectivo Los Insensatos han logrado embotellar su memoria. Un monovarietal de Pedro Ximénez (13,5% vol.) que actúa como testamento líquido de la Viña La Estrella (Pago de Benavente).

    • Terruño y Origen: Situada a 580 msnm con orientación noreste, la viña se asentaba sobre los míticos alberos profundos de tosca de antehojuela. Un suelo franco-arcilloso que regala una de las panorámicas más bellas de la Sierra de Montilla.

    • Vinificación: Vendimia manual con selección rigurosa. Tras un desfangado estático, fermentó en tinaja de hormigón bajo control térmico. Su carácter lo define una crianza de 11 meses bajo velo de flor en tinaja, donde las lías finas aportaron estructura. Producción limitada a 1.974 botellas.

    • Cata: De un amarillo pálido, limpio y cristalino. En nariz es puro paisaje: mineralidad de albariza, matices cítricos, bollería fina y un sutil fondo herbáceo. En boca es seco, de una sapidez vibrante y persistencia salina. Un vino elegante cuya retronasal invita irremediablemente al siguiente trago.

4. MUIT El Quejigal 2021: Mimo, Identidad, Uva y Tierra

Bajo el acrónimo que resume su filosofía, MUIT es la expresión máxima de una parcela en Cerro Macho (600 msnm). Aquí, la uva Pedro Ximénez lucha con un suelo arcillo-calcáreo donde la roca madre —la tosca cerrada— marca el paso. Elaborado por Fátima Ceballos para Bodegas Toro Albalá, estamos ante un vino de añada con una capacidad de guarda asombrosa.

    • Elaboración: Un ensamblaje maestro que combina la pureza de la ánfora de terracota con la estructura de la barrica de roble francés durante 12 meses. Un equilibrio perfecto entre tradición y modernidad (13% vol., 1.818 botellas).

    • Cata: Presenta un color dorado brillante y seductor. Su complejidad aromática es un festín de frutos secos, membrillo, toques tostados y esa verticalidad mineral tan característica. En boca sorprende por su volumen y equilibrio; es largo, persistente y posee una tensión que lo hace, sencillamente, excelente.

Viñas de El Bierzo

Por último, quedarían por comentar los vinos elaborados con uvas tintas. El primero Dulas 2024, tal vez sea el que puede econtrarse más «fuera de lugar», ya que está elaborado con uvas Cabernet Sauvignon provenientes del Pago del Lagar de la Salud, de una época en la que se sustituyeron viñas blancas por castas tintas, algo que hoy considero totalmente erróneo, pero «c’est la vie!» y muchas veces tenemos que hacerle frente con decisiones tomadas por nosotros mismos o por nuestros antepasados marcadas por las presiones del momento que no tiene sentido, pasado el tiempo, valorar ahora.

5. Dulas 2024: La finura de la Cabernet Sauvignon

Desde el Lagar de la Salud, en un pequeño pago de apenas 1,5 hectáreas, nos llega este tinto que desafía las convenciones de la zona. Es un vino que busca la frescura y la amabilidad del suelo arcilloso-calcáreo sin perder la tipicidad de la variedad.

    • Elaboración: Selección manual y despalillado sin estrujar, respetando la integridad del grano. Tras una maceración prefermentativa de uva entera, el vino realizó una crianza de 10 meses en barricas de roble francés (300 y 225 litros). (13% vol., 6.300 botellas).

    • Cata: Visualmente luce un atractivo color picota de capa media-alta. La nariz es sugerente, conjugando notas de cacao con fruta negra y roja explosiva (fresa) sobre un fondo mineral. En boca es una delicia: fresco, con un carbónico sutil que le aporta alegría. Es sedoso, goloso y de una elegancia que lo hace muy fácil de disfrutar.

6. 3 Parcelas 2021: El alma del Bierzo por Toro Albalá

Fátima Ceballos traslada su maestría al Bierzo, buscando la complejidad a través del ensamblaje de tres terruños distintos. Es un ejercicio de precisión donde cada parcela aporta una dimensión diferente: fluidez, músculo y carácter.

    • El Terroir: El vino une las cepas centenarias de Mencía de tres parajes clave: El Castro (Cacabelos, caliza y arcilla), San Salvador (Torullón, pizarra y arena) y El Vallinón (Orbanajo, pizarra y arcilla).

    • Vinificación: Las parcelas se vinifican por separado para respetar su identidad, con un posterior envejecimiento de 13 meses en barricas de 500 litros. Producción de 4.433 botellas.

    • Cata: De color picota profundo y brillante. Es un vino de «capas»: asoman primero los frutos rojos, seguidos de la pizarra, el grafito y el carbón, para terminar en notas de cacao y regaliz. La boca es pura seda; elegante, equilibrada y con una acidez impecable que vertebra todo el conjunto. Un Mencía de largo recorrido y enorme personalidad.

Fátima Ceballos y Miguel Puig. Almas de Dulas

Fátima Ceballos: La mirada que está reescribiendo el Sur

Su llegada a Montilla-Moriles marca un punto de inflexión en la comarca. No solo ha demostrado que la Pedro Ximénez puede codearse con los grandes blancos del mundo a través de su precisión «borgoñona», sino que ha sabido leer la albariza con una honestidad asombrosa.

En este camino no ha estado sola ya que una parte importante de que el proyecto tenga luz se debe a su pareja y socio Miguel Puig. Juntos han convertido este proyecto en una declaración de intenciones, pero es la mano de Fátima la que traduce la tierra en emociones, demostrando que el respeto por la herencia no está reñido con la libertad creativa.

Sus vinos se agotan porque no venden marketing, sino una verdad líquida: la de una enóloga que llegó por convicción y se ha quedado para demostrar que, cuando se escucha a la tierra con respeto y técnica, el resultado es, sencillamente, pura emoción.

Fátima es, ante todo, una intérprete de paisajes. Tiene esa capacidad casi intuitiva de ver vida donde otros ven olvido —como en esa «Condená» que hoy recordamos gracias a ella— y de tratar la uva con una delicadeza que se siente en cada copa. Su figura representa el orgullo de volver al origen para hacerlo brillar, recordándonos que el mejor vino no es el que sigue una receta, sino el que tiene la valentía de contar una historia de verdad.

¡Salud y buen vino!