Demencia 2010: dieciséis años para domar una mencía

Demencia 2010: dieciséis años para domar una mencía

Demencia 2010: dieciséis años para domar una mencía

A comienzos de 2012, en la última cata de nuestro grupo en el restaurante El Candil de Salamanca, Nacho León, alma máter de Demenciawine, nos sirvió las primeras añadas de Demencia. Eran vinos potentes, 15 grados, con mucha fruta negra, mucha barrica y unos taninos que todavía no se habían calmado. Del 2009 escribí que era "un potro que había de pulirse en botella". El 2010 aún no estaba embotellado y esa noche sólo probamos de esa añada una rareza de apenas doscientas botellas magnum llamada La Batalla de la Coliflor.

Catorce años después he abierto mi última botella de 2010. La pregunta que me hacía era sencilla y algo incómoda: aquella promesa de guarda que acompañaba a estos vinos ¿era cierta o era la retórica habitual de una época en la que la potencia se vendía como virtud? ¿El potro purasangre se ha convertido en un ganador de Gran Derby?

Demencia 2010
Demencia 2010

De afición a proyecto.

El nombre ya decía mucho de su espíritu. Demencia de Autor nace de un juego de palabras (de-mencía) y en 2012 se presentaba como una afición en la que sus responsables trabajaban con plena libertad, sin la presión de un proyecto comercial al uso. Las viñas eran viejas, en ladera, sobre suelos bercianos de texturas diversas, y la elaboración se hacía en pequeños depósitos de 1.500 l. que permitían seguir cada lote de cerca.

La bodega ha cambiado mucho desde entonces: hoy trabaja sus viñas de Villafranca del Bierzo y Valtuille de Abajo sin arar y embotella vinos de villa y de paraje. Pero el 2010 pertenece a la etapa anterior, y conviene leerlo en ese contexto.

La añada y la elaboración.

En Castilla y León, 2010 fue un año más húmedo que 2009, con un invierno y una primavera lluviosos, un verano seco y un final de ciclo caluroso que aceleró la maduración. Son datos regionales, no específicos de El Bierzo, pero ayudan a entender por qué el vino alcanzó 15,5 grados, medio punto más que las añadas que probamos en el 2012.

Según la información técnica disponible, el Demencia 2010 procede de pequeñas parcelas de viña vieja, normalmente en ladera y con suelos y orientaciones diferentes. Fermentó de forma espontánea y pasó 15 meses en barricas de roble francés, los 6 primeros sobre sus lías con bâtonnage frecuente. Se embotellaron 4.056 botellas en agosto de 2012. Una nota de cata internacional de la época lo señalaba como posiblemente la mejor añada del vino hasta el momento, con la madera mejor integrada que en las primeras, aunque advertía que era un tinto para aficionados a los vinos potentes.

Un estilo que dividía opiniones.

Esa advertencia no era gratuita. Demencia representaba una forma de entender la mencía de El Bierzo que no convencía a todos. Cuando probé el 2008 en aquella cata del 2012 encontré fruta negra, mermelada de ciruela, tostados, chocolate y notas lácteas; en boca era secante y con un ligero amargor final, pero fresco y equilibrado. El 2009 me pareció más difícil con un tanino excesivo y algo de calor en boca que lo hacía más agresivo.

No todos lo vieron igual. El panel de Decanter puntuó este mismo 2008 con 83 puntos y uno de sus catadores lo describió como muy extraído, casi oporto y con un final cálido. Recomendaba beberlo entre 2013 y 2017. La propia ficha comercial del 2009 daba esa misma fecha como límite óptimo. Nadie, en aquel momento, pensaba en este vino a quince años vista, pero Nacho sabe jugar con el tiempo en sus vinos.

Demencia 2010 en copa

Demencia 2010, catado en 2026.

Abrí la botella en casa y la decanté con suavidad para separar los sedimentos acumulados tras catorce años en botella.

En vista se apreciaba un color picota de capa media y con menisco atejado. Lágrima fina y viva. En nariz desplegaba sensaciones de fruta negra madura (ciruela), balsámicos de regaliz, notas de incienso, café y guindas en licor acompañadas de apuntes mentolados y especiados. En boca el ataque es fresco y sedoso, con cuerpo, volumen y sensación golosa. Amplio, de largo recorrido y con una magnífica retronasal compleja.

La comparación con mis notas de 2012 no forma parte de una vertical: comparo vinos de añadas distintas catados en momentos distintos. Aun así el cambio de registro es claro. La capa alta y el menisco cardenalicio de entonces han dado paso a una capa media con ribete teja. Los tostados y los lácteos de la crianza han desaparecido y en su lugar aparecen notas de evolución como incienso o las guindas en licor, y un café que ya no recuerda a la madera nueva.

Como valoración, no puede ser otra que excelente. Lo más elegante del vino es la textura, que es precisamente lo que más le costaba en su juventud. Magnífica evolución en el tiempo que lo hace ser un gran vino que ha vencido al transcurrir de los años.

Lo que el tiempo resolvió (y lo que no)

Las dos objeciones que se le hacían a Demencia en su juventud eran el tanino y el alcohol. La agresividad del primero ha desaparecido: el tanino secante de 2012 es hoy una textura sedosa. La segunda tampoco se sostiene: con 15,5 grados, el vino no muestra el calor que sí señalé en el 2009 joven.

Pero conviene ser preciso sobre lo que demuestra una sola botella: que este vino en concreto, bien conservado, ha envejecido muy bien. No demuestra que el estilo de la época fuera el correcto. La propia bodega parece haber llegado a otra conclusión: El Demencia 2018 se quedó en 13,6 grados y se describió con más frescura y elegancia que las añadas anteriores, y la casa ha alargado la crianza hasta los dos años. El 2010 es, en ese sentido, un documento de una etapa que la bodega ha dejado atrás, pero que ha servido como ejemplo de una excelente evolución.

Conclusión.

Demencia 2010 cumple con lo que prometía: hacía falta tiempo, y éste ha transformado un vino de fuerza en un vino de textura. Pero que la promesa se haya cumplido no significa que fuera el único camino posible. Paciencia y estilo son dos cosas distintas, y este vino da la razón a la primera sin cerrar el debate sobre el segundo.

¡Salud y buen vino!

Marta Casas (Parés Baltà): la enóloga que aprendió a desaprender

Marta Casas (Parés Baltà): la enóloga que aprendió a desaprender

Siguiendo por el recorrido de posts en los que las protagonistas en el mundo del vino son mujeres, como los de Fátima Ceballos o el de Sandra Tavares, en éste descubriremos a Marta Casas y el trabajo desarrollado en una de las bodegas más prestigiosas del Penedés.

Hay una paradoja en el origen de Marta Casas que sirve de clave para entender toda su trayectoria. Estudió Farmacia en la Universitat de Barcelona —cinco años de rigor analítico, de compuestos activos y procesos exactos— y acabó ejerciendo la profesión a la que tanto esfuerzo dedicó, pero fue el amor, y no una vocación temprana por la viticultura, lo que cambió el rumbo. Al conocer a Josep Cusiné, tercera generación de la familia propietaria de Parés Baltà, Marta empezó a asomarse a un mundo que lo impregnaba todo: las conversaciones, las decisiones, el tiempo familiar. Se apuntó a enología para poder hablar de igual a igual. Lo que encontró fue, en sus propias palabras, un shock.

Cuando conoció al abuelo Joan Cusiné Hill, éste les pidió a ella y a su cuñada María Elena Jiménez que olvidasen lo aprendido. Para una farmacéutica y una ingeniera química, fue todo un desconcierto. No porque el viñedo careciese de lógica, sino porque funcionaba con una lógica diferente: la de la observación, la paciencia y la mínima intervención. El abuelo Joan llevaba décadas cultivando sin productos químicos antes de que existiese una etiqueta para eso. Aprender a desaprender fue el primer paso de Marta Casas como enóloga.

La nueva generación en Parés Baltà
Viñas y biodiversidad en Parés Baltà

De la farmacia a la enología biodinámica en el Penedés

La primera vendimia de Marta con los Cusiné fue en 2003, el mismo año en que Parés Baltà obtuvo la certificación ecológica oficial —aunque el trabajo en el campo llevaba décadas siendo coherente con esa filosofía—. La certificación biodinámica llegó en 2012, con el sello Demeter extendido a viñedos, campos, bosques y rebaños. Marta no solo adoptó este modelo: se convirtió en una de sus principales divulgadoras en el Penedès, impartiendo clases y cursos de biodinámica, y estudiando además la antroposofía en la que se apoya el sistema de Rudolf Steiner.

Su formación, lejos de quedar congelada en esa primera etapa, continuó creciendo. En 2024, con más de dos décadas de experiencia acumulada, obtuvo el diploma DipWSET WeinAkademiker, una credencial que poseen apenas un millar de profesionales en el mundo entero. El rigor científico de la farmacéutica y la sensibilidad del viticultor biodinámico conviven en una misma persona que sabe muy bien por qué hace lo que hace.

El territorio: cinco fincas del Penedés, un mosaico

Para entender los vinos de Marta Casas hay que entender el territorio que los sostiene. Los Cusiné son propietarios de 600 hectáreas, 200 de ellas de viña, distribuidas en cinco grandes propiedades en los municipios de Pacs, Vilobí, Sant Martí Sarroca, Garraf y Les Valls-Les Torres. La diferencia de altitud entre las fincas más bajas y las más altas es de más de 500 metros, lo que genera microclimas radicalmente distintos y ciclos de maduración que pueden separarse entre cuatro y seis semanas.

La finca Cal Miret, en Sant Martí Sarroca, presenta suelos calcáreos en las zonas bajas —francos, bien drenados, muy pedregosos, con escasos nutrientes— y arcillas con yeso en las zonas altas. Es aquí donde crecen las cepas de garnacha plantadas por el abuelo en los años ochenta y el viejo xarel·lo centenario en vaso del que nace Electio. La finca La Torreta, a apenas 15 kilómetros del Mediterráneo y a 258-388 msm, tiene suelos cargados de fósiles marinos y produce vinos con un carácter salino peculiar y gran capacidad de envejecimiento. En el extremo opuesto, Les Valls-Les Torres, dentro del Parque Natural del Foix a casi 700 metros de altitud, ofrece suelos de carácter franco y pedregroso de los que nacen vinos frescos, con un equilibrio fino entre acidez y azúcar. Fue el abuelo Joan quien siempre afirmó que los mejores vinos de la bodega saldrían de estas terrazas centenarias. El tiempo le está dando la razón.

Cal Miret. La parcela emblemática.

Recuperar lo propio: reinjertos con xarel.lo y variedades autóctonas

Si hay una decisión que mejor resume la visión de Marta Casas, es la que se tomó en 2015: las variedades internacionales plantadas en Cal Miret —principalmente merlot— se están reinjertando progresivamente con cepas autóctonas como xarel·lo, cariñena blanca, garnacha blanca, sumoll y malvasía. No es una moda ni un gesto cosmético. Es una apuesta costosa, lenta y completamente consciente.

"Es un trabajo manual y costoso, pero con el reinjerto conservas un viñedo viejo", explica Marta. La clave está en la última parte de la frase: un viñedo de cuarenta años al que se le cambia la variedad tiene una ventaja enorme sobre una plantación nueva. El sistema radicular maduro, la relación establecida con el suelo, la estructura ya formada: todo eso permanece. Solo cambia lo que hay encima.

Detrás de esta decisión hay también una lectura del terroir como argumento identitario. Marta lo expresa sin rodeos: "Hacer buen vino es fundamental, pero también lo es tener una buena historia detrás de la botella, porque hay miles de vinos de calidad en el mundo. Llevamos más de 30 años apoyando el xarel·lo, la garnacha, la malvasía y la sumoll." No se trata de añoranza por lo antiguo, sino de una convicción técnica y filosófica: estas variedades expresan mejor este suelo, en este clima, con esta agricultura. Todo lo demás es un rodeo innecesario.

Marta Casas, Winemaker of the Year 2024

En 2024, el escritor de vinos y Master of Wine Tim Atkin publicó su primer Special Report sobre Cataluña. Entre todos los reconocimientos que incluyó, el más llamativo fue el nombramiento de Marta Casas como Winemaker of the Year. El responsable del informe, Fintan Kerr, fue explícito en la justificación: buscaban consistencia en toda la gama, no un solo vino brillante rodeado de mediocridad. "Parés Baltà tiene una calidad impresionante en todos sus vinos. No falta nada. Todos son muy buenos."

Ese mismo año, la bodega entró en el listado de las 100 mejores del mundo por World's Best Vineyards, que evalúa la experiencia enoturística en su conjunto. Dos reconocimientos distintos —uno técnico, otro experiencial— que apuntan a lo mismo: una coherencia que va del campo a la copa, del suelo a la visita, de la filosofía al resultado en botella.

Los vinos de Parés Baltà para la cata.
En vídeo con Marta Casas de Parés Baltà

Los vinos: la gama como argumento

La cata que presentamos recorrió seis referencias que funcionan casi como capítulos del mismo relato.

El Blanca Cusiné es el cava que da nombre a la hija de María Elena y Joan, nacida en 2002. Un coupage de xarel·lo, chardonnay y pinot noir procedente de la finca Les Valls, a casi 700 metros, donde las arcillas y la altitud dan frescura y precisión al espumoso. Es un vino de entrada que no actúa como tal: tiene profundidad y estructura.

El Electio es quizás el vino que mejor encarna la filosofía de la bodega. Xarel·lo puro procedente de cepas en vaso de noventa años en Cal Miret, sobre suelos arcillo-calcáreos. Maceración pelicular previa a la fermentación, crianza en barrica con battonage periódico. Una producción de apenas 2.900 botellas  que, en catas verticales, ha demostrado una capacidad de envejecimiento extraordinaria: añadas de 2004 y 2010 aún vivas y expresivas después de quince y veinte años. Aquí la xarel·lo no es una variedad de compromiso: es el argumento central.

El Hisenda Miret es la garnacha plantada por el abuelo en Cal Miret en los años ochenta. Un viñedo que resistió décadas en pie y que ahora da uno de los tintos más personales de la bodega: fruta con carácter, acidez viva, y esa textura que tienen los suelos pedregosos con poco nutriente.

El Mas Irene —merlot y cabernet franc con crianza en roble— y el Marta de Baltà —syrah 100%, 14 meses de crianza— proceden de Els Pujols, la finca rodeada por el Parc Natural del Foix y el Massís del Garraf, con suelos superficiales, gravosos y calcáreos, llenos de fósiles marinos, con pendientes pronunciadas que provocan estrés hídrico en los períodos secos. Son vinos de estructura, donde el terruño impone su condición. El hecho de que Marta de Baltà lleve su nombre no es un capricho: es una declaración de autoría.

El cierre, el Absis, es el gran coupage de la bodega: merlot, cabernet sauvignon, cabernet franc y syrah, con 18 meses de crianza en barrica. También de Els Pujols, también con esa impronta mineral y frutal de los suelos franco-gravosos de carácter superficial. Un vino que lleva décadas siendo la referencia tinta de Parés Baltà y que sostiene bien el peso del tiempo.

Los vinos de la cata con Marta Casa de Parés Baltà

Nuestra cata: seis vinos de Parés Baltà

Blanca Cusiné 2019: Atractivo color amarillo dorado con una burbuja persistente, fina y viva. Aromas con recuerdos cítricos, brioche, mantequilla, fruta blanca, apuntes minerales y tostados. En boca tiene estructura y muy buena acidez. Cremoso, elegante y con muy buen recorrido. Muy disfrutable.
PVP tienda oficial: 27,00 €

Electio 2022: Amarillo con tonalidad dorada. Limpio y brillante. En nariz muestra un abanico de sensaciones que van desde toques ahumados a sutiles tostados, flores blancas y fruta amarilla (melocotón y albaricoque). En boca es un vino con muy buena entrada. Muestra equilibrio y muy buena acidez. Seco y con volumen. Largo y con tensión en el recorrido. Excelente Xarel·lo.
PVP tienda oficial (añada actual en venta, 2023): 40,50 €

Hisenda Miret 2022: Color picota de capa media-baja. Brillante. Huraño de inicio, poco a poco va abriéndose y desplegando aromas a fruta roja (fresa y frambuesa) y negra fresca junto con sensaciones de aromáticas y apuntes florales. En boca es goloso, con una tanicidad sedosa y una muy buena acidez que mantiene un perfecto equilibrio.
PVP tienda oficial (añada actual en venta, 2023): 28,90 €

Mas Irene 2019: Picota de capa media-alta y menisco carmesí. Nariz compleja: fruta negra y roja, sutiles tostados, monte bajo, hierbabuena, apuntes balsámicos, especiados y minerales, cacao tinta china. Boca con volumen, amplio y taninos pulidos. Fresco y directo. Largo y elegante en boca con un punto vegetal final realmente adictivo. Recomendable airearlo para que despliegue todo su potencial.
PVP tienda oficial (añada actual en venta, 2020): 21,75 €

Marta de Baltà 2019: Atractivo color picota de capa alta. Lágrima fina y densa. Compleja nariz por la que vas descubriendo sensaciones aromáticas de fruta negra madura, especias (pimienta), lácteos y flores azules. Boca elegante. Largo en recorrido, taninos pulidos, pero presentes. Equilibrio y volumen. Magnífico Syrah. Necesario decantar o airear bien en copa.
PVP tienda oficial (añada actual en venta, 2020): 67,00 €

Absis 2019: Color picota de capa alta, casi opaco, que va avisando de que nos vamos a encontrar un vino poderoso de la cata. Aromas de fruta negra, especias y minerales, cacao, laurel, tinta china y cuero. Boca potente mostrando astringencia y la falta de tiempo en botella que necesita. Tiene volumen y amplitud. Sensación licorosa. Graso. Es necesario airear en copa o decantador para pulirlo porque los 18 meses de crianza en barrica nueva aún están presentes.
PVP tienda oficial (añada actual en venta, 2021): 78,20 €

Hay enólogos que llegan al vino con una vocación clara desde jóvenes. Marta Casas llegó por otro camino: el amor primero, la curiosidad después, y el desaprendizaje como método. Lo que construyó desde ahí —una bodega biodinámica, un proyecto de recuperación varietal, un reconocimiento internacional— tiene la coherencia de quien sabe exactamente por qué hace lo que hace. No hay concesiones al mercado en la decisión de reinjertarlo todo con xarel·lo en Cal Miret. No hay atajos en 90 años de vid en vaso. Hay una historia detrás de cada botella, como ella misma defiende. Y en eso, precisamente, reside la diferencia.

¡Salud y buen vino!

Fuentes

Los PVP indicados en las notas de cata corresponden a la tienda oficial de Parés Baltà en el momento de publicación de este artículo y pueden no coincidir con la añada catada.

Félix Marina Finca Buenavista 2021: el albillo mayor que la Ribera del Duero tardó en admitir

Félix Marina Finca Buenavista 2021: el albillo mayor que la Ribera del Duero tardó en admitir

Un blanco de albillo mayor de la D.O. Ribera del Duero, que demuestra por qué esta variedad olvidada merecía volver.

Por regla general siempre que compro un vino para catarlo intento que haya una historia detrás y en este caso no sólo hay una, sino dos: un sumiller que apostó por elaborar vinos blancos de albillo en la Ribera del Duero y una uva blanca que es, nada más y nada menos la progenitora de la uva madre de la zona: la tempranillo, y que estuvo prohibida en la Denominación durante décadas, algo difícil de explicar cuando nos acercamos a este vino Félix Marina Finca Buenavista 2021.

Viñedo de albillo mayor en Hoyales de Roa

La uva madre desterrada

Conviene empezar por un dato que sigue sorprendiendo a quien lo escucha por primera vez: el albillo mayor es progenitor del tempranillo. Lo estableció un estudio del ICVV —Gobierno de La Rioja, CSIC y Universidad de La Rioja— publicado en 2012, que identificó el cruce entre albillo mayor y la variedad Benedicto como el origen del tinto más plantado de España.

La ironía es evidente ya que esta uva blanca convivió durante siglos en la Ribera del Duero con su descendiente, intercalada en los majuelos entre las cepas de tinto, aportando algo de frescura a los claretes de pueblo. Pero cuando se produce en la denominación el cambio hacia la profesionalización, ésta construyó su prestigio sobre el tempranillo, quedando el albillo mayor fuera del relato. Hoy ocupa alrededor de 500 hectáreas de las más de 23.000 inscritas en la D.O.: un residuo estadístico de lo que fue.

Albillo Mayor y Félix Marina en Finca Buenavista

2019: la Ribera se permite el blanco

El cambio se produjo antes de ayer ya que, hasta noviembre de 2019, la D.O. Ribera del Duero no permitió embotellar vino blanco bajo su contraetiqueta. Quien elaboraba vinos de albillo tenía que sacarlo como Vino de la Tierra de Castilla y León, sin el amparo comercial de una de las denominaciones más reconocidas del país. El nuevo pliego exige un mínimo del 75% de albillo mayor y abre la puerta a una categoría que hoy practican unas treinta bodegas de las más de trescientas de la D.O., casi todas con producciones por debajo de las 5.000 botellas.

Es un cambio normativo, sí, pero también un cambio de estatus: reconoce que el blanco de la Ribera no es una excentricidad ni algo marcado por las modas de última hora, sino algo que la zona lleva haciendo desde siempre sin poder decirlo, al menos “oficialmente”.

Félix Marina Finca Buena Vista 2021, botella

Un sumiller que apostó por el blanco

Félix Marina Gil llegó al vino desde la sala. Sumiller, finalista en varias ediciones del certamen Nariz de Oro, hostelero en Aranda de Duero al frente de La Pícara Gastroteca junto a la cocinera Sandra Chicote, decidió que si iba a hacer vino no sería otro tinto más. Levantó bodega —Vino Feliz— en 2019, después de años comprando y estudiando uva.

Su trabajo de campo tiene algo de arqueología: recorrió la denominación buscando cepas viejas de albillo mayor escondidas entre viñedos de tempranillo, supervivientes de aquella coexistencia antigua. Seleccionó las que más le convencieron, las reprodujo en vivero y plantó viñedo propio en Hoyales de Roa hace cinco años, a 940 metros de altitud. El Finca Buenavista procede de esas viñas viejas, con parte del material en la zona soriana de la D.O., más alta y más fría.

Finca Buenavista 2021

La crianza del Finca Buenavista

Antes del inicio de la crianza, el vino experimenta una ligera maceración con los hollejos, que aporta estructura y complejidad a lo que será un blanco de guarda. Luego descansa sobre tres recipientes. Doce meses en barrica nueva de 500 litros, repartida a partes iguales entre acacia y roble francés: la primera aportando fruta de hueso y flores blancas; la segunda, aromas de vainilla. Luego, entre seis y ocho meses en ánforas de gres de barro, que ralentizan la oxidación y confieren una textura singular, y finalmente 24 meses en botella, donde termina de redondearse. La crianza total, desde la vendimia, ronda los tres años y medio. 12,5% vol. 1.600 botellas de la cosecha 2021.

Me ha llamado la atención el uso de la madera de acacia ya que es una apuesta poco frecuente en la Ribera puesto que su utilización sigue siendo rara en la zona. Marina la eligió buscando aromas diferenciados, y el gres de barro responde a la misma filosofía: microoxigenación controlada, sin los cambios bruscos de la barrica. Está claro que Félix Marina no quería elaborar un blanco más en la Ribera del Duero, sino un vino cuyo protagonista fuera la uva, la albillo mayor.

Finca Buenavista 2021 en copa

En la copa

El Félix Marina Finca Buenavista 2021 se presenta con un precioso color amarillo dorado, limpio y brillante. Untuoso en agitación. En nariz, generoso y complejo: predominan los aromas de fruta de hueso (melocotón, membrillo), acompañados de sensaciones florales (cala), sutiles toques tostados y frutos secos, apuntes minerales, polen y una base terrosa que ancla todo el conjunto. Atractivo.

En boca es donde el vino cobra peso. Tiene una entrada con volumen y equilibrio que hablan de madurez en viña. Buen recorrido, intensidad sostenida, sensación grasa y muy buena acidez que sostiene el alcohol sin resultar alcohólico, un carácter elegante y complejo. La retronasal mantiene viva la aromática (una de las claves de los grandes blancos), y el final ligeramente amargo lo hace adictivo, el tipo de vino que pide otro sorbo.

Por qué importa esta botella

Mil seiscientas botellas de una cosecha no cambian una denominación. Pero este vino desmiente un prejuicio. La Ribera del Duero tardó casi un siglo en admitir que su blanco no era un experimento, sino una clara expresión del terruño anclado en la zona de manera ancestral. El Finca Buenavista 2021 es una de las botellas que explican por qué esa espera no estaba justificada. El albillo mayor, la uva que engendró el tempranillo, nunca dejó de ser capaz de dar no sólo excelentes, sino también grandes vinos de guarda y éste Félix Marina Finca Buenavista 2021 es un claro ejemplo. Solo hacía falta un “temerario” amante del mundo del vino para poder demostrarlo.

En la ficha les indico el PVP aunque ya saben que no es un término que sea de mi agrado puesto que considero más fiable lo que denomino relación Precio-Disfrute y, en este caso, no puedo más que recomendarles que si se cruzan con alguna de sus escasas botellas, pillen al menos una para descubrir lo que es un vino de albillo mayor de la Ribera del Duero en toda su expresión.

Ficha técnica

Vino: Félix Marina Finca Buenavista 2021

Bodega: Vino Feliz (Félix Marina Gil), Aranda de Duero

D.O.: Ribera del Duero · Variedad: 100% albillo mayor

Crianza: maceración con hollejos + 12 meses en barrica (50% acacia / 50% roble francés) + 6-8 meses en gres + 24 en botella

Grado: 12,5% vol. · Producción: 1.600 botellas

Ventana de consumo: 2025-2029 · Precio: 30 €

¿Dónde conseguirlo? Puedes comprarlo directamente en la tienda online de la bodega o conocer el resto de su gama en vinofeliz.com. Yo lo conseguí en www.200uvas.com

Si te ha interesado este perfil, en www.elbaranda.com seguimos la pista a los vinos que están cambiando el mapa vinícola español. Suscríbete para no perderte los próximos.

Fuentes: Vino Feliz / Unico Vino / Vinaris; Consejo Regulador de la D.O. Ribera del Duero; estudio del ICVV sobre la genealogía del tempranillo (2012).

Enología con alma: Sandra Tavares y la revolución sutil del Vale do Douro.

Enología con alma: Sandra Tavares y la revolución sutil del Vale do Douro.

En estas últimas décadas, una generación de mueres excepcionales ha redefinido el paisaje vinícola global aportando no solo rigor técnico, sino una sensibilidad única hacia el origen, el paisaje y el repeto por el terruño. Hoy descubriremos la historia y el trabajo de una de las tres mujeres más influtentes en Portugal dentro del mundo del vino junto con Susana Esteban y Filipa Pato.

La enóloga que nadie quería contratar

Sandra Tavares no llegó al vino por el camino más corto. Antes de pisar una bodega de verdad fue deportista de élite —jugadora de la selección nacional portuguesa de voleibol— y modelo internacional en París, Milán, Londres y Nueva York. Dos vidas que, a priori, no señalan hacia las viñas. Pero la vocación por la tierra estuvo siempre presente: de niña ya pisaba uva en los lagares de su abuelo en Alcochete.

Aquella semilla acabó germinando. Estudió Agronomía en Lisboa y se especializó en Enología en Piacenza (Italia). En 1999, con la determinación que la caracteriza, llegó al Valle del Duero para sus prácticas en la emblemática Quinta do Vale D. Maria junto al enólogo Cristiano van Zeller. Recuerda con ironía que nadie quería contratarla «por ser mujer, y encima modelo». Lo que iba a ser una estancia temporal se convirtió en un giro definitivo: allí conoció a Jorge Serôdio Borges, enólogo, futuro marido y socio inseparable.

Pero Sandra no llegó a un Douro cualquiera. Llegó a un valle en plena ebullición intelectual, donde dos figuras ya estaban redefiniendo lo que la región podía ser. Cristiano van Zeller —heredero de la familia más antigua del negocio del vino en el Douro, con más de cuatrocientos años de tradición a sus espaldas— representaba la vía de la continuidad: actualizar el Douro sin desnaturalizarlo, trabajando con lagares de granito, viñas viejas plantadas en campo mezclado y las variedades autóctonas de siempre, pero afinando la expresión hasta lograr una elegancia que el valle tardó en reconocer como propia. De él heredó Sandra la convicción de que el Douro tiene identidad propia y no necesita imitar a nadie.

Jorge, en cambio, se había formado junto a Dirk Niepoort, el gran heterodoxo del valle. Niepoort —sin formación enológica reglada, guiado por la intuición y por una obsesión declarada con Borgoña y los grandes rieslings alemanes— llegó al Douro dispuesto a empujar los extremos: vendimias más tempranas, rendimientos bajos, mínima intervención, viticultura biodinámica. Su apuesta era sacrificar potencia en busca de finura. Un planteamiento casi contracultural en una región acostumbrada a los vinos robustos y carnosos.

Dos maestros en los extremos opuestos del espectro. Dos discípulos que se encuentran, se enamoran y deciden fundar juntos una bodega. Wine & Soul nace, precisamente, de esa tensión fértil: la elegancia dentro de la potencia «douriense» de Van Zeller, y la búsqueda de finura y frescura de Niepoort, fundidas en un proyecto donde nada sobra y todo convive.

Sandra Tavares

Wine & Soul: cuando el nombre lo dice todo

En 2001, sin viñedos ni bodega propia, Sandra y Jorge fundaron Wine & Soul. El nombre no es un recurso de marketing. Como ellos mismos explican, es un proyecto al que entregan el corazón y el alma, donde crean vinos cálidos y personales que simbolizan su vida juntos.

El primer vino fue un salto al vacío. Compraron uva de una viña vieja de apenas 2,5 hectáreas en Vale de Mendiz (Pinhão), en pleno Cima Corgo, la vinificaron en un antiguo almacén reconvertido y la bautizaron Pintas, en honor al inquieto pointer inglés de la pareja. El resultado dejó al sector sin palabras: 98 puntos de Wine Spectator. A partir de ahí, todo lo demás.

La filosofía de crecimiento fue siempre la misma: no comprar tierra para plantar desde cero, sino adquirir viñas viejas ya existentes, con identidad y alma propias. En 2005 llegó el Pintas Character, ensamblaje de cinco parcelas que rodean a la viña original. En 2009 incorporaron la Quinta da Manoella, una finca histórica de la familia de Jorge con documentación que se remonta a 1838 y con cepas que superan el siglo de vida. De las viñas de alta altitud nació también el blanco Guru, uno de los blancos de referencia del Duero contemporáneo.

Hoy, Wine & Soul gestiona más de 30 hectáreas repartidas en parcelas singulares, con una producción anual de unas 40.000 botellas. De las cuales, apenas 5.000 a 6.000 corresponden al emblemático Pintas. En 2025, Sandra y Jorge fueron nombrados Enólogos del Año por la Revista de Vinhos. El Financial Times ya la había reconocido antes como una de las mejores enólogas del mundo.

Quinta Manoella

El paisaje que manda

Para entender los vinos de Wine & Soul hay que entender primero dónde nacen.

El Valle del Duero tiene un carácter climático sin matices. Las sierras de Marão y Montemuro actúan como barrera natural que frena la lluvia y la humedad atlántica, dando lugar a veranos muy calurosos y secos —con temperaturas que superan con frecuencia los 40 y hasta los 45 ºC— e inviernos intensamente fríos. Como dicen en la región: nueve meses de invierno, tres de infierno. La clave está en la amplitud térmica: la diferencia de temperatura entre el día y la noche permite que la uva madure plenamente sin perder frescura ni acidez. Sandra y Jorge gestionan ese clima extremo jugando con la altitud y la orientación de cada parcela.

El suelo dominante es el esquisto (xisto en portugués): una roca metamórfica que se fragmenta en placas verticales y obliga a la raíz de la vid a profundizar varios metros en busca de agua y nutrientes. El resultado son vinos de una mineralidad y concentración que difícilmente se logran en otro suelo. En las parcelas de mayor altitud —como las del Guru— el suelo transiciona hacia el granito, lo que aporta a los blancos una tensión ácida y una verticalidad poco habitual en el Duero.

Luego está el sistema de plantación que lo explica todo: todas las variedades conviviendo mezcladas en la misma parcela. Más de treinta o cuarenta cepas autóctonas distintas, codo con codo, vendimiadas y fermentadas juntas. Sandra lo explica con precisión: la viña vieja es sabia, autorregula sus rendimientos y equilibra las carencias de unas variedades con las virtudes de otras. Una complejidad que ninguna tecnología moderna puede replicar.

La bodega, coherente con todo lo anterior: mínima intervención, preservación de los métodos históricos —pisado a pie en lagares de granito— y levaduras autóctonas. El vino se hace en el viñedo. La bodega simplemente acompaña.

Suelos de esquisto

Cinco vinos, cinco verdades

En la cata recorrimos cinco expresiones del universo Wine & Soul, de menor a mayor complejidad.

Manoella Branco 2024

Variedades: Gouveio, Viosinho, Rabigato y Códega do Larinho — ensamblaje tradicional de parcela

Viñedo: Quinta da Manoella · 58 años · 600 m de altitud · Orientación norte · Suelo granítico

Elaboración: Prensado neumático · Fermentación 8 semanas en inoxidable y huevos de hormigón · 7 meses sobre lías finas · 12,5 % vol.

Cata: Amarillo intenso, limpio y brillante. Aromas florales y de fruta amarilla, con sensaciones de miel, membrillo fresco y apuntes cítricos. Boca con muy buen ataque. Muestra volumen, buen recorrido y una sensación grasa que le aporta peso. Muy buena acidez y tensión.

Guru Branco 2023

Variedades: Viosinho, Gouveio, Rabigato y Códega do Larinho — ensamblaje de 18 parcelas con 50 a 70+ años de viña

Viñedo: Suelos de transición esquisto-granito · Gran altitud · Levaduras autóctonas

Elaboración: Fermentación y crianza ~5 meses en barricas nuevas de roble francés · 12,5 % vol.

Cata: Amarillo, atractivo, limpio y brillante. Aromas con recuerdos especiados, sensaciones minerales, apuntes ahumados y de brioche. Boca con muy buena tensión y recorrido. Gran volumen, fino y elegante. Equilibrado, con un trabajo de barrica que se integra sin imponerse. Largo, goloso y envolvente. Muy bueno.

Manoella Tinto 2023

Variedades: 60% Touriga Nacional · 25% Touriga Franca · 10% Tinta Roriz · 5% Tinta Francisca

Viñedo: Quinta da Manoella · Viñas de ~40 años · Suelo de esquisto profundo con arcilla · Orientación SO

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito, 12 h · Fermentación en inoxidable, 8 días · 16 meses en roble francés usado · ~13,5 % vol.

Cata: Color picota de capa alta, lágrima fina y densa. Abanico de sensaciones olfativas: fruta negra (moras) y roja (cereza y frambuesa), cacao, toffe, flores azules. Buen ataque en boca. Tanino sedoso, elegante, largo, complejo y con muy buena acidez. Muy disfrutable.

Pintas Character 2023

Variedades: Ensamblaje de más de 30 variedades autóctonas: Touriga Nacional, Touriga Franca, Tinta Roriz, Barroca, Tinto Cão, Sousão...

Viñedo: Vale de Mendiz (Pinhão) · Viñas viejas · Suelo de esquisto puro

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito · Crianza ~18 meses en roble francés usado · ~13,5-14 % vol.

Cata: Atractivo color picota de capa alta. Opaco. Intenso. Aromas de fruta negra madura, aportes minerales, grafito, aceituna negra y sensaciones balsámicas (regaliz). Excelente paleta aromática. Muy buen ataque, mostrándose elegante, con magnífica estructura y concentración. Taninos sedosos y con un amplio recorrido. Pura armonía y gran final. Promete una excelente evolución en botella ya que aún no expresa todo su potencial.

Pintas 2022

Variedades: Ensamblaje de 30-35 variedades autóctonas · Viñas de ~95 años

Viñedo: Vale de Mendiz · 2 ha · Orientación SO · 400-450 m de altitud · Esquisto puro · 5.000-6.000 botellas al año

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito · Levaduras autóctonas · 20 meses en roble francés · 13,5 % vol.

Añada 2022: Año muy caluroso y seco en el Duero · Vendimia adelantada.

Cata: Rojo picota intenso, de capa alta. Lágrima fina y densa. Aromas a fruta negra, grafito, recuerdos balsámicos (regaliz), flores azules (violetas). En boca es muy elegante, con un paso que es pura seda. Equilibrado, largo, con excelente acidez. Muy disfrutable, aunque pienso que le queda por dar lo mejor de sí con algo más de tiempo en botella. Es un vino de largo recorrido. Sorprendente que con una añada tan calurosa —más de 45 ºC en agosto de 2022— hayan logrado un vino con 13,5 % vol. y esa sensación de frescura. Aunque gran parte del trabajo de que eso sea así se debe a la protección de las propias plantas, según nos explicó Sandra, que se autorregularon manteniendo un mínimo vital.

Sandra y Jorge en los viñedos

El alma del vino tiene nombre de mujer

Hay un tipo de grandeza en el mundo del vino que no se construye con presupuestos sino con obstinación. La grandeza de quien llega a un lugar donde nadie la espera y, en lugar de adaptarse, transforma el paisaje.

Sandra Tavares da Silva ha hecho exactamente eso. Ha convertido viñas viejas y olvidadas en referentes mundiales. Ha devuelto la voz al esquisto cuando el mundo miraba hacia otras regiones. Ha demostrado que la enología femenina no es una categoría de marketing sino una mirada propia, una forma de escuchar lo que la viña tiene que decir antes de decidir nada en la bodega.

Su lección es sencilla y difícil a la vez: la verdad está en el viñedo. La bodega solo acompaña.

Una tarde —y unos vinos— para guardar en la memoria. Y para buscar la siguiente botella.

Si tienen a bien comentar lo que consideren oportuno, saben que están en su blog.

¡Salud y buen vino!

Al pie de abismo 2023. Una joya de viñas viejas en los suelos más antiguos de la Península Ibérica

Al pie de abismo 2023. Una joya de viñas viejas en los suelos más antiguos de la Península Ibérica

Hay vinos que cuentan historias. Y luego hay vinos que cuentan siglos. Al Pie del Abismo 2023 pertenece a esa segunda categoría: un tinto que nace de la memoria geológica más profunda de España, en una pequeña denominación zamorano-salmantina —la D.O. Arribes, fronteriza con Portugal— que guarda algunos de los secretos mejor conservados de la viticultura española.

Viñas de Al pie del Abismo

🌿 El viñedo: donde el tiempo se detiene

La finca El Becerrero, de apenas 1,9 hectáreas, se asienta a 750 metros de altitud en el paraje de Valdeavide, en Pereña de la Ribera, con orientación noreste. Y lo hace dentro de uno de los entornos naturales más espectaculares de la península: el Parque Natural de Arribes del Duero, Reserva de la Biosfera, donde el río ha excavado el sistema de cañones más extenso y profundo de toda la Península Ibérica. Viticultura, paisaje y río se confunden aquí en una misma cosa.

Las viñas rondan ya el siglo de vida, y sus suelos de esquisto y cuarzo son el resultado de un proceso de metamorfismo por presión que se remonta a cientos de millones de años. Son, de hecho, los suelos más antiguos de la Península Ibérica: pobres en materia orgánica y rotundos en carácter mineral, obligan a la vid a esforzarse para sobrevivir, y ese esfuerzo —como casi siempre en viticultura— se traduce en complejidad en la copa.

La producción resultante es muy escasa: unas 3.500 botellas anuales. No es una cifra de marketing, sino la consecuencia natural de rendimientos bajos en un terruño que no regala nada.

Parque Natural Arribes del Duero

👥 Quiénes hay detrás

Detrás de Al Pie del Abismo están Marta Ruano y Javier Sendín, viticultores de cuarta generación. De niños veraneaban en Pereña de la Ribera y Villarino, los pueblos de sus familias, donde echar una mano en la vendimia se entendía menos como ayuda que como obligación. Crecieron, se enamoraron y pasaron más de quince años en Madrid desarrollando sus carreras —ella como economista, él como ingeniero agrícola y enólogo— hasta que hace unos ocho años decidieron dejarlo todo y volver al origen.

Javier Sendín trabajando en bodega.

La viña que hoy trabajan la plantó el bisabuelo de Marta en 1936, y ha ido pasando de mano en mano dentro de la familia hasta llegar a ella. El cierre de la cooperativa local —con varias cosechas sin cobrar— fue el detonante para dar el paso definitivo: en 2019 nacía Al Pie del Abismo, un nombre que rinde homenaje al vértigo de los cañones del Duero a su paso por Pereña. Su trabajo con viñedo viejo y variedades casi extinguidas ha sido reconocido por el Proyecto «Ángel de Viñas» de González Byass, que seleccionó esta parcela para su conservación.

Vendimia en Al Pie del Abismo.

🍇 Las variedades: una historia de rescate

Al Pie del Abismo se elabora con dos variedades autóctonas: Juan García y Tinto Jeromo. La primera es la uva histórica de la DO Arribes, de carácter franco y aromático, que raramente se prodiga fuera de la zona. La segunda es algo todavía más especial: el Tinto Jeromo es una rareza a escala mundial, con apenas un puñado de hectáreas en todo el planeta. Beber este vino es, en cierta medida, un pequeño acto de conservación.

Tras la vendimia, el vino pasa entre 8 y 12 meses en barricas de roble, el tiempo justo para integrar la madera sin que esta fagocite la identidad de las cepas ni la voz del suelo.

Al pie del abismo 2023 en copa.

🍷 Notas de cata: la copa como paisaje

Abrir esta botella es casi un ritual. El color ya anuncia algo: un precioso cereza picota con menisco carmesí y capa media que invita a acercar la nariz antes incluso de haberlo pensado.

Y en nariz, el vino se despacha con generosidad. Los aromas son todo un espectáculo de sensaciones: fruta negra madura bien definida, apuntes balsámicos que recuerdan al regaliz, ese aroma a monte bajo —jara, tomillo, piedra mojada— que solo aparece en vinos con verdadera raíz en el terreno, y un fondo mineral que es la firma inconfundible del suelo de esquisto.

En boca, el ataque es excelente: limpio, decidido, sin artificios. Hay cuerpo y volumen —el vino ocupa la boca con presencia— pero también elegancia. El equilibrio entre acidez y alcohol es uno de sus puntos más sobresalientes.

El paso es sedoso, y la madera está tratada con una delicadeza que merece reconocimiento: la barrica aporta estructura y matiz sin robar protagonismo ni a las variedades ni al suelo. El recorrido es de mediano alcance, pero la retronasal devuelve fielmente las sensaciones aromáticas del principio, y el final deja un apunte balsámico que añade frescura y un punto de elegancia difícil de olvidar.

Viñedos en otoño de Al pie del Abismo

⭐ Veredicto

Al Pie del Abismo 2023 es un vino que justifica el interés creciente que despierta la DO Arribes entre los aficionados más curiosos. Tiene identidad propia, una historia genuina detrás de cada botella y una calidad que supera con creces lo que su precio sugiere.

Por 20 euros, uno no solo se lleva un tinto elegante y complejo: se lleva también un pedazo de historia vitivinícola, un gesto de conservación varietal y el trabajo de cuatro generaciones de una familia que ha elegido hacer las cosas bien antes que hacerlas en cantidad.

Si hemos puesto un granito de arena con el fin de potenciar no sólo el trabajo y la defensa del patrimonio natural, sino también de reflejar las posibilidades de un territorio que no podemos dejar languidecer y morir, el objetivo está conseguido.

Todo un lujo con denominación de origen.

¡Salud y buen vino!

 

FICHA TÉCNICA

DO Arribes · Bodega Al Pie del Abismo (Pereña de la Ribera, Salamanca)

Variedades: Juan García y Tinto Jeromo · Viñas de casi un siglo (plantadas en 1936)

Finca El Becerrero · 1,9 ha · 750 msnm · Parque Natural de Arribes del Duero · Suelo de esquisto y cuarzo

Crianza: 8-12 meses en barrica de roble · 13% vol. · ~3.500 botellas/año

Precio aprox.: 20 €

Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

I. La invitación que nunca llega

Hay una imagen que me persigue desde hace tiempo. La de una cata de vino a la que no me han invitado. No porque no quisieran, sino porque el ecosistema que organiza esas catas no sabe muy bien qué hacer conmigo. No soy restaurador, no compro por cajas, no tengo el respaldo de una publicación con logo y tirada auditada. Soy un aficionado con un blog, una buena colección de cicatrices en el bolsillo y una curiosidad que no se rinde fácilmente.

Las catas de vino, en España, tienen una lógica muy clara. La siguen casi todos los actores del sector, aunque nadie la haya escrito en ningún sitio. Es una lógica comercial, razonable en sus propios términos, pero que deja fuera a una porción enorme de personas a las que, en teoría, el vino debería importarles: los aficionados sin credenciales, los curiosos que no saben muy bien cómo entrar en este mundo sin sentirse en un examen que nadie les ha explicado cómo preparar.

Voy a intentar poner nombre a todo eso. Sin ánimo de queja, que la queja sola no lleva a ningún sitio, pero sí con ganas de entender el mapa. Porque a veces, entender el mapa ya es la mitad del camino.

II. El ecosistema: una pirámide con forma de botella invertida

El mundo de las catas en España está habitado por varios tipos de actores, y conviene distinguirlos antes de hablar de quién manda. La confusión entre todos ellos es, ella sola, una de las razones por las que el aficionado independiente se pierde.

En la cima están las bodegas. Organizan catas de presentación de añadas, lanzamientos, eventos de enoturismo. Su objetivo es siempre comercial —legítimamente comercial, no hay nada que reprocharles— y sus invitados son, por ese orden, importadores, distribuidores, restauradores de cierto nivel, periodistas especializados con audiencia demostrable y, si sobra hueco, algún bloguero al que se le supone influencia. El aficionado anónimo, cuando aparece, lo hace pagando una entrada de enoturismo.

Justo debajo están las distribuidoras, que son, en la práctica, las grandes organizadoras de catas en España, aunque el público general casi no lo perciba. Una distribuidora de cierto tamaño puede representar a cientos de bodegas en exclusiva. Sus catas —que pueden ser espléndidas, con elaboradores presentes y vinos difíciles de conseguir— están pensadas para fidelizar a su cartera de clientes profesionales: restaurantes, hoteles, tiendas especializadas. Son catas para el canal HORECA. No para ti.

El tercer nivel lo ocupan las tiendas de vino y vinotecas, que sí abren sus catas al público con más frecuencia. A veces son gratuitas para clientes, a veces tienen un coste de entrada razonable. Aquí empieza a haber algo de acceso real, aunque la selección de vinos suele estar condicionada por el catálogo de la tienda, que a su vez depende de sus acuerdos con distribuidores.

Luego están los sommeliers freelance y las empresas de eventos, cuyo modelo de negocio se ha orientado masivamente hacia el team building corporativo. Sus catas son buenas, a menudo divertidas y bien conducidas, pero cuestan lo que cuestan y no están pensadas para el aficionado que quiere aprender, sino para la empresa que quiere entretener a su equipo.

Y al final, en la base de la pirámide, estamos los independientes. Los grupos de cata entre amigos con un presupuesto definido por el coste de las botellas a catar. Los bloggers, que también pueden formar parte de los grupos de cata y que además compramos las botellas de nuestro bolsillo para escribir sobre ellas. Los aficionados que organizamos lo que podemos con lo que tenemos, sin red comercial y sin agenda.

La pirámide del acceso al vino tiene forma de botella invertida. Arriba, donde hay más líquido, están las bodegas, las distribuidoras, los clientes profesionales. Abajo, donde cada gota cuenta, estamos el resto.

 

Vista en copa

III. La influencia de las distribuidoras: el filtro invisible

Hay algo que raramente se nombra en las conversaciones sobre crítica del vino, y es la influencia que ejercen las distribuidoras sobre qué vinos se catan, qué elaboradores se visibilizan y qué narrativas circulan en el sector.

No es una influencia maliciosa. Es sencillamente estructural. Una distribuidora importante representa a sus bodegas, las promueve, las lleva a ferias, organiza catas para presentarlas a sus clientes. Eso significa que los vinos que entran en ese circuito tienen una plataforma que los vinos sin distribuidor no tienen. El elaborador pequeño, el proyecto de garaje, la bodega que trabaja en directo con sus clientes sin intermediarios, existe en otro universo de visibilidad.

Para el crítico o el blogger que quiere cubrir el sector, esto tiene una consecuencia práctica muy concreta: los vinos que llegan a tu mesa —porque alguien te los manda, porque te invitan a una presentación, porque aparecen en ferias con acreditación de prensa— son en gran medida los vinos que alguien ha decidido promover. Los demás los tienes que ir a buscar tú, pagándotelos, sin que nadie te ayude a encontrarlos.

La pregunta incómoda es esta: ¿puede un crítico independiente construir una visión honesta del panorama vinícola español si una parte sustancial de los vinos que conoce son los que alguna distribuidora ha decidido que conozca? No es que la respuesta sea necesariamente no. Pero la pregunta merece formularse.

Yo, personalmente, intento compensarlo como puedo. Compro vinos que nadie me ha mandado. Busco elaboradores que trabajan directamente con sus clientes. Visito bodegas cuando puedo pagármelo. Pero soy consciente de que hay un mapa del vino español que nunca voy a ver completo si no tengo acceso a los circuitos donde ese mapa se dibuja.

 

IV. El caso del independiente: libertad como sinónimo de soledad

Organizar una cata modesta —digamos, seis vinos para ocho a 12 personas— tiene su coste sólo en vino. A eso hay que sumarle copas adecuadas si no las tienes, un espacio si no lo tienes, fichas de cata si quieres hacerlo con cierto rigor. Sin patrocinio, sin que nadie te mande muestras, sin descuentos de bodega, todo sale del mismo bolsillo en el que llevas las llaves de casa, aunque si diriges un grupo de cata -yo llevo dirigiendo uno cerca de 20 años- el coste es más “distributivo”.

Las bodegas envían muestras. Eso es un hecho. Pero las envían a los medios de referencia, a los críticos con audiencias grandes y medibles, a los prescriptores que pueden mover aguja en ventas. El blogger pequeño —sin importar su calidad, su honestidad o su conocimiento— rara vez entra en ese circuito. No porque no valga, sino porque no aparece en el radar de quienes deciden a quién enviar botellas.

Las ferias y concursos tienen acreditaciones de prensa. Conseguirlas sin pertenecer a una asociación profesional reconocida, sin una publicación con ISSN o sin un medio detrás que te avale, es una carrera de obstáculos que a veces no lleva a ningún sitio. He intentado acreditarme en algún evento y la respuesta, cuando llega, suele ser cortés y definitiva: no cumples los requisitos, salvo que conozcas a algún miembro de la organización, que eso siempre ayuda.

Y luego está la trampa más sutil: cuando sí llegan invitaciones —porque llevas tiempo escribiendo, porque alguien te ha descubierto, porque una bodega pequeña te ha leído y le has gustado— frecuentemente hay una expectativa implícita. No escrita, no mencionada, pero presente. La expectativa de que cubrirás el evento, hablarás bien del vino, mencionarás la bodega con cariño. La independencia, en ese contexto, tiene un precio. Y el precio es, a veces, no volver a recibir invitaciones.

Podría sonar a queja, y no quiero que suene así. Lo que quiero decir es que la independencia tiene un valor real y concreto —puedo escribir lo que pienso de un vino sin que nadie me lo impida— pero ese valor viene acompañado de una soledad también real y concreta. No hay red. No hay colchón. No hay nadie que organice las cosas por ti.

En mi caso siempre compro los vinos que cato para preservar precisamente mi independencia. Otra cosa es que los elaboradores, las bodegas, me faciliten la compra poniéndome precio de distribuidor, no tenga que pagar los portes o, en el caso de que insistan en no cobrarme los vinos, tengan presente que mi independencia se mantendrá invariable.

La ventaja de no tener vínculos comerciales es que puedes decir lo que piensas. La desventaja es que muchas veces lo dices solo, con una botella que te has pagado tú, en un blog que nadie ha promocionado.

Copas en la cata

V. El enólogo inaccesible: la fuente que más sabe y menos se ve

Hay una ironía en el corazón del mundo del vino que no suele mencionarse. La persona que más puede explicar un vino —el enólogo, el bodeguero, el viticultor que lleva veinte años conociendo cada parcela— es precisamente la persona a la que el aficionado independiente tiene más difícil acceso.

La diferencia entre leer en una ficha técnica que un vino "tiene crianza de doce meses en barrica de roble francés" y sentarte diez minutos con el enólogo que lo hizo para que te explique por qué eligió ese roble y no otro, esa tostada y no otra, ese tiempo y no más ni menos, es la diferencia entre información y comprensión. La ficha técnica la puede leer cualquiera. La conversación con el enólogo vale un mundo.

Los críticos de referencia internacional tienen ese acceso. Es parte de su trabajo y parte del valor que aportan a sus lectores. La visita a la bodega, la barrica abierta, la conversación sin filtros con quien ha tomado las decisiones. El blogger independiente, cuando tiene suerte, consigue una visita de enoturismo con copa al final y explicación protocolaria. Cuando tiene menos suerte, descarga la ficha técnica de la web y tira con eso.

La cita previa es otro obstáculo real. Muchas bodegas, especialmente las de tamaño medio, solo reciben visitas para grupos de un tamaño mínimo —a veces veinte o treinta personas— y en horarios que no siempre encajan con la vida de alguien que no trabaja en el sector. Un aficionado solo, o un pequeño grupo de curiosos sin afiliación a ninguna asociación, no tiene un hueco claro en ese modelo.

Hay una paradoja interesante aquí, y es que los proyectos más pequeños, los elaboradores más artesanales, los bodegueros que trabajan solos o casi solos, suelen ser mucho más accesibles. Precisamente porque no tienen departamento de comunicación, ni protocolo de visitas, ni agenda de prioridades marcada por un departamento de marketing. Muchas veces basta con mandar un correo honesto, explicar quién eres y qué te interesa, y la respuesta es una invitación a pasar por allí cuando quieras.

Esa paradoja me parece reveladora. Los vinos más difíciles de encontrar en el circuito comercial son, en ocasiones, los más fáciles de conocer en persona. Y los elaboradores más accesibles son, a menudo, los que menos necesitan el sistema para existir.

Entender por qué un vino sabe cómo sabe no está en ninguna ficha técnica. Está en una conversación de diez minutos con quien lo hizo. Conseguir esa conversación, sin credenciales y sin agenda, es a veces la parte más difícil del trabajo.

 

VI. Zoom, Meet y la bodega en el salón: ¿democratización o sucedáneo?

La pandemia aceleró algo que ya estaba latente en el sector. La cata virtual, con envío previo de vinos a domicilio y conexión en directo por Zoom o Meet, pasó de ser una curiosidad a ser un formato con cierta implantación real. Varias bodegas y sommeliers lo adoptaron durante el confinamiento por pura necesidad, y algunos lo han mantenido porque funciona.

El modelo básico es sencillo: recibes en casa un pack de vinos —normalmente dos o tres botellas— y a una hora determinada te conectas a una videollamada donde un sommelier, un bodeguero o el propio enólogo conduce la cata mientras los participantes abren sus botellas desde sus salones.

Para el aficionado independiente, este formato tiene una ventaja que no se valora suficientemente: elimina la barrera geográfica. Un grupo de amigos dispersos entre Salamanca, Madrid y Bilbao puede catar juntos un vino de Galicia con el propio elaborador conectado desde su bodega. Eso, en formato presencial, sería logísticamente imposible sin un presupuesto que muy poca gente tiene.

Pero hay algo más interesante todavía. Algunas bodegas pequeñas, sin recursos para organizar eventos presenciales ni estructura para gestionar visitas, han descubierto en el formato online una manera viable de conectar directamente con el consumidor. Y para el blogger o el aficionado independiente, esto abre una puerta que antes estaba más cerrada: proponer una cata virtual con el elaborador en directo es, en muchos casos, más fácil que conseguir una visita presencial. No hay que gestionar desplazamientos, no hay que ajustar agendas de un grupo de personas a la misma ciudad y el mismo día. Basta con una propuesta honesta y una pantalla.

Pero no quiero pintar este formato sin sus sombras. La cata virtual tiene carencias evidentes. No puedes ver el color del vino con la misma luz que en una sala bien iluminada. No hay el ambiente de una bodega: ese olor particular a madera y humedad que forma parte de la experiencia y que ninguna cámara puede transmitir. La degustación colectiva —el momento de compartir impresiones en tiempo real, de escuchar lo que el de al lado percibe y que tú no habías notado— se fragmenta en cuadraditos de pantalla. El vino es también presencia, y la presencia no se digitaliza.

La propuesta que me parece más interesante, y es la que últimamente llevo a cabo, es el formato híbrido: un grupo reunido físicamente en un espacio local —en nuestro caso en un restaurante que cubre nuestras necesidades— con el bodeguero o el enólogo conectado en remoto desde su propia bodega. Lo mejor de los dos mundos: la experiencia colectiva y presencial que hace que una cata mantenga un contacto directo -aunque online- con el elaborador que antes requería un desplazamiento.

Las redes sociales juegan aquí un papel de puente. Una bodega que publica en Instagram el proceso de vendimia, o en TikTok los primeros días de fermentación, está construyendo un vínculo con una audiencia que luego puede querer ir más allá: apuntarse a una cata online, pedir una visita, comprar directamente. El contenido digital no reemplaza la experiencia del vino, pero puede ser el gancho que lleve a alguien hasta ella.

¿Y si la cata del futuro para el aficionado sin recursos no es ni en una bodega ni en un bar, sino en el salón de alguien, con tres botellas llegadas por correo y el enólogo al otro lado de la pantalla explicando por qué ese vino huele como huele? ¿Es eso democratización o es un sucedáneo? Quizá las dos cosas. Quizá eso sea suficiente para empezar.

Cata online

VII. Una pregunta abierta, no una respuesta cerrada

No voy a terminar este texto con un decálogo de soluciones. El mundo del vino lleva décadas con los mismos problemas de acceso y los mismos debates sobre democratización, y no creo que yo tenga la clave que a otros se les ha escapado.

Lo que sí tengo es una pregunta que me parece útil. ¿Qué haría falta para que una cata organizada por un aficionado sin presupuesto, en un local cedido por alguien con buena voluntad o pagando una cuota por su uso, con vinos de menos de diez euros la botella y el enólogo conectado desde su pantalla, pudiera ser el primer contacto real de alguien con el mundo del vino? ¿Qué tendría que cambiar para que esa persona saliera de ahí con ganas de repetir, con un par de referencias apuntadas en el móvil y la sensación de que este mundo tiene algo que ofrecerle?

El blogger independiente tiene algo que ninguna distribuidora puede comprar: la ausencia de agenda comercial. Puede elegir los vinos que le parecen interesantes, no los que alguien ha decidido promover. Puede hablar de los fracasos además de los éxitos. Puede decir que un vino de veinte euros no vale lo que cuesta, o que uno de ocho euros es una maravilla. Puede organizar una cata temática que ningún departamento de marketing habría aprobado porque no favorece a ninguna marca en particular.

Eso no es poco. Es, de hecho, bastante valioso en un mundo donde la crítica del vino vive con demasiada frecuencia en los márgenes de los intereses comerciales del sector. El problema es que ese valor existe en un mercado que, por ahora, no ha aprendido del todo a reconocerlo.

Mientras tanto, seguimos comprando botellas de nuestro bolsillo, organizando catas con los medios que tenemos, escribiendo sobre vinos que nadie nos ha mandado y esperando que alguien al otro lado de la pantalla encuentre en ese texto algo que le ayude a entender un poco mejor lo que tiene en la copa.

No es mal oficio. Solo es un poco solitario y cada vez quedamos menos.

¡Salud y buen vino!