Félix Marina Finca Buenavista 2021: el albillo mayor que la Ribera del Duero tardó en admitir

Félix Marina Finca Buenavista 2021: el albillo mayor que la Ribera del Duero tardó en admitir

Un blanco de albillo mayor de la D.O. Ribera del Duero, que demuestra por qué esta variedad olvidada merecía volver.

Por regla general siempre que compro un vino para catarlo intento que haya una historia detrás y en este caso no sólo hay una, sino dos: un sumiller que apostó por elaborar vinos blancos de albillo en la Ribera del Duero y una uva blanca que es, nada más y nada menos la progenitora de la uva madre de la zona: la tempranillo, y que estuvo prohibida en la Denominación durante décadas, algo difícil de explicar cuando nos acercamos a este vino Félix Marina Finca Buenavista 2021.

Viñedo de albillo mayor en Hoyales de Roa

La uva madre desterrada

Conviene empezar por un dato que sigue sorprendiendo a quien lo escucha por primera vez: el albillo mayor es progenitor del tempranillo. Lo estableció un estudio del ICVV —Gobierno de La Rioja, CSIC y Universidad de La Rioja— publicado en 2012, que identificó el cruce entre albillo mayor y la variedad Benedicto como el origen del tinto más plantado de España.

La ironía es evidente ya que esta uva blanca convivió durante siglos en la Ribera del Duero con su descendiente, intercalada en los majuelos entre las cepas de tinto, aportando algo de frescura a los claretes de pueblo. Pero cuando se produce en la denominación el cambio hacia la profesionalización, ésta construyó su prestigio sobre el tempranillo, quedando el albillo mayor fuera del relato. Hoy ocupa alrededor de 500 hectáreas de las más de 23.000 inscritas en la D.O.: un residuo estadístico de lo que fue.

Albillo Mayor y Félix Marina en Finca Buenavista

2019: la Ribera se permite el blanco

El cambio se produjo antes de ayer ya que, hasta noviembre de 2019, la D.O. Ribera del Duero no permitió embotellar vino blanco bajo su contraetiqueta. Quien elaboraba vinos de albillo tenía que sacarlo como Vino de la Tierra de Castilla y León, sin el amparo comercial de una de las denominaciones más reconocidas del país. El nuevo pliego exige un mínimo del 75% de albillo mayor y abre la puerta a una categoría que hoy practican unas treinta bodegas de las más de trescientas de la D.O., casi todas con producciones por debajo de las 5.000 botellas.

Es un cambio normativo, sí, pero también un cambio de estatus: reconoce que el blanco de la Ribera no es una excentricidad ni algo marcado por las modas de última hora, sino algo que la zona lleva haciendo desde siempre sin poder decirlo, al menos “oficialmente”.

Félix Marina Finca Buena Vista 2021, botella

Un sumiller que apostó por el blanco

Félix Marina Gil llegó al vino desde la sala. Sumiller, finalista en varias ediciones del certamen Nariz de Oro, hostelero en Aranda de Duero al frente de La Pícara Gastroteca junto a la cocinera Sandra Chicote, decidió que si iba a hacer vino no sería otro tinto más. Levantó bodega —Vino Feliz— en 2019, después de años comprando y estudiando uva.

Su trabajo de campo tiene algo de arqueología: recorrió la denominación buscando cepas viejas de albillo mayor escondidas entre viñedos de tempranillo, supervivientes de aquella coexistencia antigua. Seleccionó las que más le convencieron, las reprodujo en vivero y plantó viñedo propio en Hoyales de Roa hace cinco años, a 940 metros de altitud. El Finca Buenavista procede de esas viñas viejas, con parte del material en la zona soriana de la D.O., más alta y más fría.

Finca Buenavista 2021

La crianza del Finca Buenavista

Antes del inicio de la crianza, el vino experimenta una ligera maceración con los hollejos, que aporta estructura y complejidad a lo que será un blanco de guarda. Luego descansa sobre tres recipientes. Doce meses en barrica nueva de 500 litros, repartida a partes iguales entre acacia y roble francés: la primera aportando fruta de hueso y flores blancas; la segunda, aromas de vainilla. Luego, entre seis y ocho meses en ánforas de gres de barro, que ralentizan la oxidación y confieren una textura singular, y finalmente 24 meses en botella, donde termina de redondearse. La crianza total, desde la vendimia, ronda los tres años y medio. 12,5% vol. 1.600 botellas de la cosecha 2021.

Me ha llamado la atención el uso de la madera de acacia ya que es una apuesta poco frecuente en la Ribera puesto que su utilización sigue siendo rara en la zona. Marina la eligió buscando aromas diferenciados, y el gres de barro responde a la misma filosofía: microoxigenación controlada, sin los cambios bruscos de la barrica. Está claro que Félix Marina no quería elaborar un blanco más en la Ribera del Duero, sino un vino cuyo protagonista fuera la uva, la albillo mayor.

Finca Buenavista 2021 en copa

En la copa

El Félix Marina Finca Buenavista 2021 se presenta con un precioso color amarillo dorado, limpio y brillante. Untuoso en agitación. En nariz, generoso y complejo: predominan los aromas de fruta de hueso (melocotón, membrillo), acompañados de sensaciones florales (cala), sutiles toques tostados y frutos secos, apuntes minerales, polen y una base terrosa que ancla todo el conjunto. Atractivo.

En boca es donde el vino cobra peso. Tiene una entrada con volumen y equilibrio que hablan de madurez en viña. Buen recorrido, intensidad sostenida, sensación grasa y muy buena acidez que sostiene el alcohol sin resultar alcohólico, un carácter elegante y complejo. La retronasal mantiene viva la aromática (una de las claves de los grandes blancos), y el final ligeramente amargo lo hace adictivo, el tipo de vino que pide otro sorbo.

Por qué importa esta botella

Mil seiscientas botellas de una cosecha no cambian una denominación. Pero este vino desmiente un prejuicio. La Ribera del Duero tardó casi un siglo en admitir que su blanco no era un experimento, sino una clara expresión del terruño anclado en la zona de manera ancestral. El Finca Buenavista 2021 es una de las botellas que explican por qué esa espera no estaba justificada. El albillo mayor, la uva que engendró el tempranillo, nunca dejó de ser capaz de dar no sólo excelentes, sino también grandes vinos de guarda y éste Félix Marina Finca Buenavista 2021 es un claro ejemplo. Solo hacía falta un “temerario” amante del mundo del vino para poder demostrarlo.

En la ficha les indico el PVP aunque ya saben que no es un término que sea de mi agrado puesto que considero más fiable lo que denomino relación Precio-Disfrute y, en este caso, no puedo más que recomendarles que si se cruzan con alguna de sus escasas botellas, pillen al menos una para descubrir lo que es un vino de albillo mayor de la Ribera del Duero en toda su expresión.

Ficha técnica

Vino: Félix Marina Finca Buenavista 2021

Bodega: Vino Feliz (Félix Marina Gil), Aranda de Duero

D.O.: Ribera del Duero · Variedad: 100% albillo mayor

Crianza: maceración con hollejos + 12 meses en barrica (50% acacia / 50% roble francés) + 6-8 meses en gres + 24 en botella

Grado: 12,5% vol. · Producción: 1.600 botellas

Ventana de consumo: 2025-2029 · Precio: 30

¿Dónde conseguirlo? Puedes comprarlo directamente en la tienda online de la bodega o conocer el resto de su gama en vinofeliz.com. Yo lo conseguí en www.200uvas.com

Si te ha interesado este perfil, en www.elbaranda.com seguimos la pista a los vinos que están cambiando el mapa vinícola español. Suscríbete para no perderte los próximos.

Fuentes: Vino Feliz / Unico Vino / Vinaris; Consejo Regulador de la D.O. Ribera del Duero; estudio del ICVV sobre la genealogía del tempranillo (2012).

Enología con alma: Sandra Tavares y la revolución sutil del Vale do Douro.

Enología con alma: Sandra Tavares y la revolución sutil del Vale do Douro.

En estas últimas décadas, una generación de mueres excepcionales ha redefinido el paisaje vinícola global aportando no solo rigor técnico, sino una sensibilidad única hacia el origen, el paisaje y el repeto por el terruño. Hoy descubriremos la historia y el trabajo de una de las tres mujeres más influtentes en Portugal dentro del mundo del vino junto con Susana Esteban y Filipa Pato.

La enóloga que nadie quería contratar

Sandra Tavares no llegó al vino por el camino más corto. Antes de pisar una bodega de verdad fue deportista de élite —jugadora de la selección nacional portuguesa de voleibol— y modelo internacional en París, Milán, Londres y Nueva York. Dos vidas que, a priori, no señalan hacia las viñas. Pero la vocación por la tierra estuvo siempre presente: de niña ya pisaba uva en los lagares de su abuelo en Alcochete.

Aquella semilla acabó germinando. Estudió Agronomía en Lisboa y se especializó en Enología en Piacenza (Italia). En 1999, con la determinación que la caracteriza, llegó al Valle del Duero para sus prácticas en la emblemática Quinta do Vale D. Maria junto al enólogo Cristiano van Zeller. Recuerda con ironía que nadie quería contratarla «por ser mujer, y encima modelo». Lo que iba a ser una estancia temporal se convirtió en un giro definitivo: allí conoció a Jorge Serôdio Borges, enólogo, futuro marido y socio inseparable.

Pero Sandra no llegó a un Douro cualquiera. Llegó a un valle en plena ebullición intelectual, donde dos figuras ya estaban redefiniendo lo que la región podía ser. Cristiano van Zeller —heredero de la familia más antigua del negocio del vino en el Douro, con más de cuatrocientos años de tradición a sus espaldas— representaba la vía de la continuidad: actualizar el Douro sin desnaturalizarlo, trabajando con lagares de granito, viñas viejas plantadas en campo mezclado y las variedades autóctonas de siempre, pero afinando la expresión hasta lograr una elegancia que el valle tardó en reconocer como propia. De él heredó Sandra la convicción de que el Douro tiene identidad propia y no necesita imitar a nadie.

Jorge, en cambio, se había formado junto a Dirk Niepoort, el gran heterodoxo del valle. Niepoort —sin formación enológica reglada, guiado por la intuición y por una obsesión declarada con Borgoña y los grandes rieslings alemanes— llegó al Douro dispuesto a empujar los extremos: vendimias más tempranas, rendimientos bajos, mínima intervención, viticultura biodinámica. Su apuesta era sacrificar potencia en busca de finura. Un planteamiento casi contracultural en una región acostumbrada a los vinos robustos y carnosos.

Dos maestros en los extremos opuestos del espectro. Dos discípulos que se encuentran, se enamoran y deciden fundar juntos una bodega. Wine & Soul nace, precisamente, de esa tensión fértil: la elegancia dentro de la potencia «douriense» de Van Zeller, y la búsqueda de finura y frescura de Niepoort, fundidas en un proyecto donde nada sobra y todo convive.

Sandra Tavares

Wine & Soul: cuando el nombre lo dice todo

En 2001, sin viñedos ni bodega propia, Sandra y Jorge fundaron Wine & Soul. El nombre no es un recurso de marketing. Como ellos mismos explican, es un proyecto al que entregan el corazón y el alma, donde crean vinos cálidos y personales que simbolizan su vida juntos.

El primer vino fue un salto al vacío. Compraron uva de una viña vieja de apenas 2,5 hectáreas en Vale de Mendiz (Pinhão), en pleno Cima Corgo, la vinificaron en un antiguo almacén reconvertido y la bautizaron Pintas, en honor al inquieto pointer inglés de la pareja. El resultado dejó al sector sin palabras: 98 puntos de Wine Spectator. A partir de ahí, todo lo demás.

La filosofía de crecimiento fue siempre la misma: no comprar tierra para plantar desde cero, sino adquirir viñas viejas ya existentes, con identidad y alma propias. En 2005 llegó el Pintas Character, ensamblaje de cinco parcelas que rodean a la viña original. En 2009 incorporaron la Quinta da Manoella, una finca histórica de la familia de Jorge con documentación que se remonta a 1838 y con cepas que superan el siglo de vida. De las viñas de alta altitud nació también el blanco Guru, uno de los blancos de referencia del Duero contemporáneo.

Hoy, Wine & Soul gestiona más de 30 hectáreas repartidas en parcelas singulares, con una producción anual de unas 40.000 botellas. De las cuales, apenas 5.000 a 6.000 corresponden al emblemático Pintas. En 2025, Sandra y Jorge fueron nombrados Enólogos del Año por la Revista de Vinhos. El Financial Times ya la había reconocido antes como una de las mejores enólogas del mundo.

Quinta Manoella

El paisaje que manda

Para entender los vinos de Wine & Soul hay que entender primero dónde nacen.

El Valle del Duero tiene un carácter climático sin matices. Las sierras de Marão y Montemuro actúan como barrera natural que frena la lluvia y la humedad atlántica, dando lugar a veranos muy calurosos y secos —con temperaturas que superan con frecuencia los 40 y hasta los 45 ºC— e inviernos intensamente fríos. Como dicen en la región: nueve meses de invierno, tres de infierno. La clave está en la amplitud térmica: la diferencia de temperatura entre el día y la noche permite que la uva madure plenamente sin perder frescura ni acidez. Sandra y Jorge gestionan ese clima extremo jugando con la altitud y la orientación de cada parcela.

El suelo dominante es el esquisto (xisto en portugués): una roca metamórfica que se fragmenta en placas verticales y obliga a la raíz de la vid a profundizar varios metros en busca de agua y nutrientes. El resultado son vinos de una mineralidad y concentración que difícilmente se logran en otro suelo. En las parcelas de mayor altitud —como las del Guru— el suelo transiciona hacia el granito, lo que aporta a los blancos una tensión ácida y una verticalidad poco habitual en el Duero.

Luego está el sistema de plantación que lo explica todo: todas las variedades conviviendo mezcladas en la misma parcela. Más de treinta o cuarenta cepas autóctonas distintas, codo con codo, vendimiadas y fermentadas juntas. Sandra lo explica con precisión: la viña vieja es sabia, autorregula sus rendimientos y equilibra las carencias de unas variedades con las virtudes de otras. Una complejidad que ninguna tecnología moderna puede replicar.

La bodega, coherente con todo lo anterior: mínima intervención, preservación de los métodos históricos —pisado a pie en lagares de granito— y levaduras autóctonas. El vino se hace en el viñedo. La bodega simplemente acompaña.

Suelos de esquisto

Cinco vinos, cinco verdades

En la cata recorrimos cinco expresiones del universo Wine & Soul, de menor a mayor complejidad.

Manoella Branco 2024

Variedades: Gouveio, Viosinho, Rabigato y Códega do Larinho — ensamblaje tradicional de parcela

Viñedo: Quinta da Manoella · 58 años · 600 m de altitud · Orientación norte · Suelo granítico

Elaboración: Prensado neumático · Fermentación 8 semanas en inoxidable y huevos de hormigón · 7 meses sobre lías finas · 12,5 % vol.

Cata: Amarillo intenso, limpio y brillante. Aromas florales y de fruta amarilla, con sensaciones de miel, membrillo fresco y apuntes cítricos. Boca con muy buen ataque. Muestra volumen, buen recorrido y una sensación grasa que le aporta peso. Muy buena acidez y tensión.

Guru Branco 2023

Variedades: Viosinho, Gouveio, Rabigato y Códega do Larinho — ensamblaje de 18 parcelas con 50 a 70+ años de viña

Viñedo: Suelos de transición esquisto-granito · Gran altitud · Levaduras autóctonas

Elaboración: Fermentación y crianza ~5 meses en barricas nuevas de roble francés · 12,5 % vol.

Cata: Amarillo, atractivo, limpio y brillante. Aromas con recuerdos especiados, sensaciones minerales, apuntes ahumados y de brioche. Boca con muy buena tensión y recorrido. Gran volumen, fino y elegante. Equilibrado, con un trabajo de barrica que se integra sin imponerse. Largo, goloso y envolvente. Muy bueno.

Manoella Tinto 2023

Variedades: 60% Touriga Nacional · 25% Touriga Franca · 10% Tinta Roriz · 5% Tinta Francisca

Viñedo: Quinta da Manoella · Viñas de ~40 años · Suelo de esquisto profundo con arcilla · Orientación SO

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito, 12 h · Fermentación en inoxidable, 8 días · 16 meses en roble francés usado · ~13,5 % vol.

Cata: Color picota de capa alta, lágrima fina y densa. Abanico de sensaciones olfativas: fruta negra (moras) y roja (cereza y frambuesa), cacao, toffe, flores azules. Buen ataque en boca. Tanino sedoso, elegante, largo, complejo y con muy buena acidez. Muy disfrutable.

Pintas Character 2023

Variedades: Ensamblaje de más de 30 variedades autóctonas: Touriga Nacional, Touriga Franca, Tinta Roriz, Barroca, Tinto Cão, Sousão...

Viñedo: Vale de Mendiz (Pinhão) · Viñas viejas · Suelo de esquisto puro

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito · Crianza ~18 meses en roble francés usado · ~13,5-14 % vol.

Cata: Atractivo color picota de capa alta. Opaco. Intenso. Aromas de fruta negra madura, aportes minerales, grafito, aceituna negra y sensaciones balsámicas (regaliz). Excelente paleta aromática. Muy buen ataque, mostrándose elegante, con magnífica estructura y concentración. Taninos sedosos y con un amplio recorrido. Pura armonía y gran final. Promete una excelente evolución en botella ya que aún no expresa todo su potencial.

Pintas 2022

Variedades: Ensamblaje de 30-35 variedades autóctonas · Viñas de ~95 años

Viñedo: Vale de Mendiz · 2 ha · Orientación SO · 400-450 m de altitud · Esquisto puro · 5.000-6.000 botellas al año

Elaboración: Pisado a pie en lagares de granito · Levaduras autóctonas · 20 meses en roble francés · 13,5 % vol.

Añada 2022: Año muy caluroso y seco en el Duero · Vendimia adelantada.

Cata: Rojo picota intenso, de capa alta. Lágrima fina y densa. Aromas a fruta negra, grafito, recuerdos balsámicos (regaliz), flores azules (violetas). En boca es muy elegante, con un paso que es pura seda. Equilibrado, largo, con excelente acidez. Muy disfrutable, aunque pienso que le queda por dar lo mejor de sí con algo más de tiempo en botella. Es un vino de largo recorrido. Sorprendente que con una añada tan calurosa —más de 45 ºC en agosto de 2022— hayan logrado un vino con 13,5 % vol. y esa sensación de frescura. Aunque gran parte del trabajo de que eso sea así se debe a la protección de las propias plantas, según nos explicó Sandra, que se autorregularon manteniendo un mínimo vital.

Sandra y Jorge en los viñedos

El alma del vino tiene nombre de mujer

Hay un tipo de grandeza en el mundo del vino que no se construye con presupuestos sino con obstinación. La grandeza de quien llega a un lugar donde nadie la espera y, en lugar de adaptarse, transforma el paisaje.

Sandra Tavares da Silva ha hecho exactamente eso. Ha convertido viñas viejas y olvidadas en referentes mundiales. Ha devuelto la voz al esquisto cuando el mundo miraba hacia otras regiones. Ha demostrado que la enología femenina no es una categoría de marketing sino una mirada propia, una forma de escuchar lo que la viña tiene que decir antes de decidir nada en la bodega.

Su lección es sencilla y difícil a la vez: la verdad está en el viñedo. La bodega solo acompaña.

Una tarde —y unos vinos— para guardar en la memoria. Y para buscar la siguiente botella.

Si tienen a bien comentar lo que consideren oportuno, saben que están en su blog.

¡Salud y buen vino!

Al pie de abismo 2023. Una joya de viñas viejas en los suelos más antiguos de la Península Ibérica

Al pie de abismo 2023. Una joya de viñas viejas en los suelos más antiguos de la Península Ibérica

Hay vinos que cuentan historias. Y luego hay vinos que cuentan siglos. Al Pie del Abismo 2023 pertenece a esa segunda categoría: un tinto que nace de la memoria geológica más profunda de España, en una pequeña denominación zamorano-salmantina —la D.O. Arribes, fronteriza con Portugal— que guarda algunos de los secretos mejor conservados de la viticultura española.

Viñas de Al pie del Abismo

🌿 El viñedo: donde el tiempo se detiene

La finca El Becerrero, de apenas 1,9 hectáreas, se asienta a 750 metros de altitud en el paraje de Valdeavide, en Pereña de la Ribera, con orientación noreste. Y lo hace dentro de uno de los entornos naturales más espectaculares de la península: el Parque Natural de Arribes del Duero, Reserva de la Biosfera, donde el río ha excavado el sistema de cañones más extenso y profundo de toda la Península Ibérica. Viticultura, paisaje y río se confunden aquí en una misma cosa.

Las viñas rondan ya el siglo de vida, y sus suelos de esquisto y cuarzo son el resultado de un proceso de metamorfismo por presión que se remonta a cientos de millones de años. Son, de hecho, los suelos más antiguos de la Península Ibérica: pobres en materia orgánica y rotundos en carácter mineral, obligan a la vid a esforzarse para sobrevivir, y ese esfuerzo —como casi siempre en viticultura— se traduce en complejidad en la copa.

La producción resultante es muy escasa: unas 3.500 botellas anuales. No es una cifra de marketing, sino la consecuencia natural de rendimientos bajos en un terruño que no regala nada.

Parque Natural Arribes del Duero

👥 Quiénes hay detrás

Detrás de Al Pie del Abismo están Marta Ruano y Javier Sendín, viticultores de cuarta generación. De niños veraneaban en Pereña de la Ribera y Villarino, los pueblos de sus familias, donde echar una mano en la vendimia se entendía menos como ayuda que como obligación. Crecieron, se enamoraron y pasaron más de quince años en Madrid desarrollando sus carreras —ella como economista, él como ingeniero agrícola y enólogo— hasta que hace unos ocho años decidieron dejarlo todo y volver al origen.

Javier Sendín trabajando en bodega.

La viña que hoy trabajan la plantó el bisabuelo de Marta en 1936, y ha ido pasando de mano en mano dentro de la familia hasta llegar a ella. El cierre de la cooperativa local —con varias cosechas sin cobrar— fue el detonante para dar el paso definitivo: en 2019 nacía Al Pie del Abismo, un nombre que rinde homenaje al vértigo de los cañones del Duero a su paso por Pereña. Su trabajo con viñedo viejo y variedades casi extinguidas ha sido reconocido por el Proyecto «Ángel de Viñas» de González Byass, que seleccionó esta parcela para su conservación.

Vendimia en Al Pie del Abismo.

🍇 Las variedades: una historia de rescate

Al Pie del Abismo se elabora con dos variedades autóctonas: Juan García y Tinto Jeromo. La primera es la uva histórica de la DO Arribes, de carácter franco y aromático, que raramente se prodiga fuera de la zona. La segunda es algo todavía más especial: el Tinto Jeromo es una rareza a escala mundial, con apenas un puñado de hectáreas en todo el planeta. Beber este vino es, en cierta medida, un pequeño acto de conservación.

Tras la vendimia, el vino pasa entre 8 y 12 meses en barricas de roble, el tiempo justo para integrar la madera sin que esta fagocite la identidad de las cepas ni la voz del suelo.

Al pie del abismo 2023 en copa.

🍷 Notas de cata: la copa como paisaje

Abrir esta botella es casi un ritual. El color ya anuncia algo: un precioso cereza picota con menisco carmesí y capa media que invita a acercar la nariz antes incluso de haberlo pensado.

Y en nariz, el vino se despacha con generosidad. Los aromas son todo un espectáculo de sensaciones: fruta negra madura bien definida, apuntes balsámicos que recuerdan al regaliz, ese aroma a monte bajo —jara, tomillo, piedra mojada— que solo aparece en vinos con verdadera raíz en el terreno, y un fondo mineral que es la firma inconfundible del suelo de esquisto.

En boca, el ataque es excelente: limpio, decidido, sin artificios. Hay cuerpo y volumen —el vino ocupa la boca con presencia— pero también elegancia. El equilibrio entre acidez y alcohol es uno de sus puntos más sobresalientes.

El paso es sedoso, y la madera está tratada con una delicadeza que merece reconocimiento: la barrica aporta estructura y matiz sin robar protagonismo ni a las variedades ni al suelo. El recorrido es de mediano alcance, pero la retronasal devuelve fielmente las sensaciones aromáticas del principio, y el final deja un apunte balsámico que añade frescura y un punto de elegancia difícil de olvidar.

Viñedos en otoño de Al pie del Abismo

Veredicto

Al Pie del Abismo 2023 es un vino que justifica el interés creciente que despierta la DO Arribes entre los aficionados más curiosos. Tiene identidad propia, una historia genuina detrás de cada botella y una calidad que supera con creces lo que su precio sugiere.

Por 20 euros, uno no solo se lleva un tinto elegante y complejo: se lleva también un pedazo de historia vitivinícola, un gesto de conservación varietal y el trabajo de cuatro generaciones de una familia que ha elegido hacer las cosas bien antes que hacerlas en cantidad.

Si hemos puesto un granito de arena con el fin de potenciar no sólo el trabajo y la defensa del patrimonio natural, sino también de reflejar las posibilidades de un territorio que no podemos dejar languidecer y morir, el objetivo está conseguido.

Todo un lujo con denominación de origen.

¡Salud y buen vino!

 

FICHA TÉCNICA

DO Arribes · Bodega Al Pie del Abismo (Pereña de la Ribera, Salamanca)

Variedades: Juan García y Tinto Jeromo · Viñas de casi un siglo (plantadas en 1936)

Finca El Becerrero · 1,9 ha · 750 msnm · Parque Natural de Arribes del Duero · Suelo de esquisto y cuarzo

Crianza: 8-12 meses en barrica de roble · 13% vol. · ~3.500 botellas/año

Precio aprox.: 20 €

Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

Las catas de vino: quién manda, quién paga y quién se queda fuera

I. La invitación que nunca llega

Hay una imagen que me persigue desde hace tiempo. La de una cata de vino a la que no me han invitado. No porque no quisieran, sino porque el ecosistema que organiza esas catas no sabe muy bien qué hacer conmigo. No soy restaurador, no compro por cajas, no tengo el respaldo de una publicación con logo y tirada auditada. Soy un aficionado con un blog, una buena colección de cicatrices en el bolsillo y una curiosidad que no se rinde fácilmente.

Las catas de vino, en España, tienen una lógica muy clara. La siguen casi todos los actores del sector, aunque nadie la haya escrito en ningún sitio. Es una lógica comercial, razonable en sus propios términos, pero que deja fuera a una porción enorme de personas a las que, en teoría, el vino debería importarles: los aficionados sin credenciales, los curiosos que no saben muy bien cómo entrar en este mundo sin sentirse en un examen que nadie les ha explicado cómo preparar.

Voy a intentar poner nombre a todo eso. Sin ánimo de queja, que la queja sola no lleva a ningún sitio, pero sí con ganas de entender el mapa. Porque a veces, entender el mapa ya es la mitad del camino.

II. El ecosistema: una pirámide con forma de botella invertida

El mundo de las catas en España está habitado por varios tipos de actores, y conviene distinguirlos antes de hablar de quién manda. La confusión entre todos ellos es, ella sola, una de las razones por las que el aficionado independiente se pierde.

En la cima están las bodegas. Organizan catas de presentación de añadas, lanzamientos, eventos de enoturismo. Su objetivo es siempre comercial —legítimamente comercial, no hay nada que reprocharles— y sus invitados son, por ese orden, importadores, distribuidores, restauradores de cierto nivel, periodistas especializados con audiencia demostrable y, si sobra hueco, algún bloguero al que se le supone influencia. El aficionado anónimo, cuando aparece, lo hace pagando una entrada de enoturismo.

Justo debajo están las distribuidoras, que son, en la práctica, las grandes organizadoras de catas en España, aunque el público general casi no lo perciba. Una distribuidora de cierto tamaño puede representar a cientos de bodegas en exclusiva. Sus catas —que pueden ser espléndidas, con elaboradores presentes y vinos difíciles de conseguir— están pensadas para fidelizar a su cartera de clientes profesionales: restaurantes, hoteles, tiendas especializadas. Son catas para el canal HORECA. No para ti.

El tercer nivel lo ocupan las tiendas de vino y vinotecas, que sí abren sus catas al público con más frecuencia. A veces son gratuitas para clientes, a veces tienen un coste de entrada razonable. Aquí empieza a haber algo de acceso real, aunque la selección de vinos suele estar condicionada por el catálogo de la tienda, que a su vez depende de sus acuerdos con distribuidores.

Luego están los sommeliers freelance y las empresas de eventos, cuyo modelo de negocio se ha orientado masivamente hacia el team building corporativo. Sus catas son buenas, a menudo divertidas y bien conducidas, pero cuestan lo que cuestan y no están pensadas para el aficionado que quiere aprender, sino para la empresa que quiere entretener a su equipo.

Y al final, en la base de la pirámide, estamos los independientes. Los grupos de cata entre amigos con un presupuesto definido por el coste de las botellas a catar. Los bloggers, que también pueden formar parte de los grupos de cata y que además compramos las botellas de nuestro bolsillo para escribir sobre ellas. Los aficionados que organizamos lo que podemos con lo que tenemos, sin red comercial y sin agenda.

La pirámide del acceso al vino tiene forma de botella invertida. Arriba, donde hay más líquido, están las bodegas, las distribuidoras, los clientes profesionales. Abajo, donde cada gota cuenta, estamos el resto.

 

Vista en copa

III. La influencia de las distribuidoras: el filtro invisible

Hay algo que raramente se nombra en las conversaciones sobre crítica del vino, y es la influencia que ejercen las distribuidoras sobre qué vinos se catan, qué elaboradores se visibilizan y qué narrativas circulan en el sector.

No es una influencia maliciosa. Es sencillamente estructural. Una distribuidora importante representa a sus bodegas, las promueve, las lleva a ferias, organiza catas para presentarlas a sus clientes. Eso significa que los vinos que entran en ese circuito tienen una plataforma que los vinos sin distribuidor no tienen. El elaborador pequeño, el proyecto de garaje, la bodega que trabaja en directo con sus clientes sin intermediarios, existe en otro universo de visibilidad.

Para el crítico o el blogger que quiere cubrir el sector, esto tiene una consecuencia práctica muy concreta: los vinos que llegan a tu mesa —porque alguien te los manda, porque te invitan a una presentación, porque aparecen en ferias con acreditación de prensa— son en gran medida los vinos que alguien ha decidido promover. Los demás los tienes que ir a buscar tú, pagándotelos, sin que nadie te ayude a encontrarlos.

La pregunta incómoda es esta: ¿puede un crítico independiente construir una visión honesta del panorama vinícola español si una parte sustancial de los vinos que conoce son los que alguna distribuidora ha decidido que conozca? No es que la respuesta sea necesariamente no. Pero la pregunta merece formularse.

Yo, personalmente, intento compensarlo como puedo. Compro vinos que nadie me ha mandado. Busco elaboradores que trabajan directamente con sus clientes. Visito bodegas cuando puedo pagármelo. Pero soy consciente de que hay un mapa del vino español que nunca voy a ver completo si no tengo acceso a los circuitos donde ese mapa se dibuja.

 

IV. El caso del independiente: libertad como sinónimo de soledad

Organizar una cata modesta —digamos, seis vinos para ocho a 12 personas— tiene su coste sólo en vino. A eso hay que sumarle copas adecuadas si no las tienes, un espacio si no lo tienes, fichas de cata si quieres hacerlo con cierto rigor. Sin patrocinio, sin que nadie te mande muestras, sin descuentos de bodega, todo sale del mismo bolsillo en el que llevas las llaves de casa, aunque si diriges un grupo de cata -yo llevo dirigiendo uno cerca de 20 años- el coste es más “distributivo”.

Las bodegas envían muestras. Eso es un hecho. Pero las envían a los medios de referencia, a los críticos con audiencias grandes y medibles, a los prescriptores que pueden mover aguja en ventas. El blogger pequeño —sin importar su calidad, su honestidad o su conocimiento— rara vez entra en ese circuito. No porque no valga, sino porque no aparece en el radar de quienes deciden a quién enviar botellas.

Las ferias y concursos tienen acreditaciones de prensa. Conseguirlas sin pertenecer a una asociación profesional reconocida, sin una publicación con ISSN o sin un medio detrás que te avale, es una carrera de obstáculos que a veces no lleva a ningún sitio. He intentado acreditarme en algún evento y la respuesta, cuando llega, suele ser cortés y definitiva: no cumples los requisitos, salvo que conozcas a algún miembro de la organización, que eso siempre ayuda.

Y luego está la trampa más sutil: cuando sí llegan invitaciones —porque llevas tiempo escribiendo, porque alguien te ha descubierto, porque una bodega pequeña te ha leído y le has gustado— frecuentemente hay una expectativa implícita. No escrita, no mencionada, pero presente. La expectativa de que cubrirás el evento, hablarás bien del vino, mencionarás la bodega con cariño. La independencia, en ese contexto, tiene un precio. Y el precio es, a veces, no volver a recibir invitaciones.

Podría sonar a queja, y no quiero que suene así. Lo que quiero decir es que la independencia tiene un valor real y concreto —puedo escribir lo que pienso de un vino sin que nadie me lo impida— pero ese valor viene acompañado de una soledad también real y concreta. No hay red. No hay colchón. No hay nadie que organice las cosas por ti.

En mi caso siempre compro los vinos que cato para preservar precisamente mi independencia. Otra cosa es que los elaboradores, las bodegas, me faciliten la compra poniéndome precio de distribuidor, no tenga que pagar los portes o, en el caso de que insistan en no cobrarme los vinos, tengan presente que mi independencia se mantendrá invariable.

La ventaja de no tener vínculos comerciales es que puedes decir lo que piensas. La desventaja es que muchas veces lo dices solo, con una botella que te has pagado tú, en un blog que nadie ha promocionado.

Copas en la cata

V. El enólogo inaccesible: la fuente que más sabe y menos se ve

Hay una ironía en el corazón del mundo del vino que no suele mencionarse. La persona que más puede explicar un vino —el enólogo, el bodeguero, el viticultor que lleva veinte años conociendo cada parcela— es precisamente la persona a la que el aficionado independiente tiene más difícil acceso.

La diferencia entre leer en una ficha técnica que un vino "tiene crianza de doce meses en barrica de roble francés" y sentarte diez minutos con el enólogo que lo hizo para que te explique por qué eligió ese roble y no otro, esa tostada y no otra, ese tiempo y no más ni menos, es la diferencia entre información y comprensión. La ficha técnica la puede leer cualquiera. La conversación con el enólogo vale un mundo.

Los críticos de referencia internacional tienen ese acceso. Es parte de su trabajo y parte del valor que aportan a sus lectores. La visita a la bodega, la barrica abierta, la conversación sin filtros con quien ha tomado las decisiones. El blogger independiente, cuando tiene suerte, consigue una visita de enoturismo con copa al final y explicación protocolaria. Cuando tiene menos suerte, descarga la ficha técnica de la web y tira con eso.

La cita previa es otro obstáculo real. Muchas bodegas, especialmente las de tamaño medio, solo reciben visitas para grupos de un tamaño mínimo —a veces veinte o treinta personas— y en horarios que no siempre encajan con la vida de alguien que no trabaja en el sector. Un aficionado solo, o un pequeño grupo de curiosos sin afiliación a ninguna asociación, no tiene un hueco claro en ese modelo.

Hay una paradoja interesante aquí, y es que los proyectos más pequeños, los elaboradores más artesanales, los bodegueros que trabajan solos o casi solos, suelen ser mucho más accesibles. Precisamente porque no tienen departamento de comunicación, ni protocolo de visitas, ni agenda de prioridades marcada por un departamento de marketing. Muchas veces basta con mandar un correo honesto, explicar quién eres y qué te interesa, y la respuesta es una invitación a pasar por allí cuando quieras.

Esa paradoja me parece reveladora. Los vinos más difíciles de encontrar en el circuito comercial son, en ocasiones, los más fáciles de conocer en persona. Y los elaboradores más accesibles son, a menudo, los que menos necesitan el sistema para existir.

Entender por qué un vino sabe cómo sabe no está en ninguna ficha técnica. Está en una conversación de diez minutos con quien lo hizo. Conseguir esa conversación, sin credenciales y sin agenda, es a veces la parte más difícil del trabajo.

 

VI. Zoom, Meet y la bodega en el salón: ¿democratización o sucedáneo?

La pandemia aceleró algo que ya estaba latente en el sector. La cata virtual, con envío previo de vinos a domicilio y conexión en directo por Zoom o Meet, pasó de ser una curiosidad a ser un formato con cierta implantación real. Varias bodegas y sommeliers lo adoptaron durante el confinamiento por pura necesidad, y algunos lo han mantenido porque funciona.

El modelo básico es sencillo: recibes en casa un pack de vinos —normalmente dos o tres botellas— y a una hora determinada te conectas a una videollamada donde un sommelier, un bodeguero o el propio enólogo conduce la cata mientras los participantes abren sus botellas desde sus salones.

Para el aficionado independiente, este formato tiene una ventaja que no se valora suficientemente: elimina la barrera geográfica. Un grupo de amigos dispersos entre Salamanca, Madrid y Bilbao puede catar juntos un vino de Galicia con el propio elaborador conectado desde su bodega. Eso, en formato presencial, sería logísticamente imposible sin un presupuesto que muy poca gente tiene.

Pero hay algo más interesante todavía. Algunas bodegas pequeñas, sin recursos para organizar eventos presenciales ni estructura para gestionar visitas, han descubierto en el formato online una manera viable de conectar directamente con el consumidor. Y para el blogger o el aficionado independiente, esto abre una puerta que antes estaba más cerrada: proponer una cata virtual con el elaborador en directo es, en muchos casos, más fácil que conseguir una visita presencial. No hay que gestionar desplazamientos, no hay que ajustar agendas de un grupo de personas a la misma ciudad y el mismo día. Basta con una propuesta honesta y una pantalla.

Pero no quiero pintar este formato sin sus sombras. La cata virtual tiene carencias evidentes. No puedes ver el color del vino con la misma luz que en una sala bien iluminada. No hay el ambiente de una bodega: ese olor particular a madera y humedad que forma parte de la experiencia y que ninguna cámara puede transmitir. La degustación colectiva —el momento de compartir impresiones en tiempo real, de escuchar lo que el de al lado percibe y que tú no habías notado— se fragmenta en cuadraditos de pantalla. El vino es también presencia, y la presencia no se digitaliza.

La propuesta que me parece más interesante, y es la que últimamente llevo a cabo, es el formato híbrido: un grupo reunido físicamente en un espacio local —en nuestro caso en un restaurante que cubre nuestras necesidades— con el bodeguero o el enólogo conectado en remoto desde su propia bodega. Lo mejor de los dos mundos: la experiencia colectiva y presencial que hace que una cata mantenga un contacto directo -aunque online- con el elaborador que antes requería un desplazamiento.

Las redes sociales juegan aquí un papel de puente. Una bodega que publica en Instagram el proceso de vendimia, o en TikTok los primeros días de fermentación, está construyendo un vínculo con una audiencia que luego puede querer ir más allá: apuntarse a una cata online, pedir una visita, comprar directamente. El contenido digital no reemplaza la experiencia del vino, pero puede ser el gancho que lleve a alguien hasta ella.

¿Y si la cata del futuro para el aficionado sin recursos no es ni en una bodega ni en un bar, sino en el salón de alguien, con tres botellas llegadas por correo y el enólogo al otro lado de la pantalla explicando por qué ese vino huele como huele? ¿Es eso democratización o es un sucedáneo? Quizá las dos cosas. Quizá eso sea suficiente para empezar.

Cata online

VII. Una pregunta abierta, no una respuesta cerrada

No voy a terminar este texto con un decálogo de soluciones. El mundo del vino lleva décadas con los mismos problemas de acceso y los mismos debates sobre democratización, y no creo que yo tenga la clave que a otros se les ha escapado.

Lo que sí tengo es una pregunta que me parece útil. ¿Qué haría falta para que una cata organizada por un aficionado sin presupuesto, en un local cedido por alguien con buena voluntad o pagando una cuota por su uso, con vinos de menos de diez euros la botella y el enólogo conectado desde su pantalla, pudiera ser el primer contacto real de alguien con el mundo del vino? ¿Qué tendría que cambiar para que esa persona saliera de ahí con ganas de repetir, con un par de referencias apuntadas en el móvil y la sensación de que este mundo tiene algo que ofrecerle?

El blogger independiente tiene algo que ninguna distribuidora puede comprar: la ausencia de agenda comercial. Puede elegir los vinos que le parecen interesantes, no los que alguien ha decidido promover. Puede hablar de los fracasos además de los éxitos. Puede decir que un vino de veinte euros no vale lo que cuesta, o que uno de ocho euros es una maravilla. Puede organizar una cata temática que ningún departamento de marketing habría aprobado porque no favorece a ninguna marca en particular.

Eso no es poco. Es, de hecho, bastante valioso en un mundo donde la crítica del vino vive con demasiada frecuencia en los márgenes de los intereses comerciales del sector. El problema es que ese valor existe en un mercado que, por ahora, no ha aprendido del todo a reconocerlo.

Mientras tanto, seguimos comprando botellas de nuestro bolsillo, organizando catas con los medios que tenemos, escribiendo sobre vinos que nadie nos ha mandado y esperando que alguien al otro lado de la pantalla encuentre en ese texto algo que le ayude a entender un poco mejor lo que tiene en la copa.

No es mal oficio. Solo es un poco solitario y cada vez quedamos menos.

¡Salud y buen vino!

Fátima Ceballos Simón: El rostro de la nueva era en Montilla-Moriles.

Fátima Ceballos Simón: El rostro de la nueva era en Montilla-Moriles.

Hoy cominezo con un recorrido por varias bodegas en las que las mujeres juega un importante papel ya sea como viticultoras, enólogas o bodegueras que espero sean de vuestro interés. Unas más conocidas que otras, pero todas, como Fátima Ceballos, reescribiendo la historia del vino de nuestro país.

Hay trayectorias que solo pueden explicarse por vocación auténtica y Fátima Ceballos es una de elllas. Se crió en Montellano, un pueblo de Sevilla, pero con raíces familiares en León. Estudió en la capital hispalense Ingeniería Química —y no Industrial, precisamente porque la rama química le abría la puerta a entender la producción del vino— pasando después a cursar Enología en Córdoba. El camino, sin embargo, fue tortuoso: al terminar la carrera hizo prácticas en centrales nucleares, hasta que decidió apostar con firmeza por el mundo del vino.

La mosca del vino, como ella misma la llama, la picó sin remedio.

La enología española ha sido históricamente un territorio de hombres, y Montilla-Moriles no es una excepción. Fátima Ceballos representa, junto a otras pocas enólogas de su generación, un cambio de paradigma. Su perfil es el de una profesional que combina rigor técnico —Ingeniería Química, Enología, formación en Francia— con una mirada sensible al territorio.

Una formación forjada en Francia

Fátima desarrolló una etapa de formación europea que pocas enólogas españolas de su generación pueden igualar. Tras estudiar su último año de Ingeniería Química en Lyon, se fue a la región del Languedoc, a la bodega Domaine Gayda, donde pasó cuatro años y medio. Allí fundó y lideró el departamento de calidad, pero también trabajó en viña y elaboración, tocando todos los palos, con viñedos de terruños diferentes y varias zonas de vinificación.

Después de Languedoc, se trasladó a Avignon, donde trabajó para una consultora activa en la zona del Ródano y la Provenza, recorriendo bodegas que iban desde grandes cooperativas hasta pequeños productores en rincones remotos. La formación se completó con una vendimia en Burdeos dedicada en exclusiva a la elaboración de tintos mediante métodos tradicionales y termovinificación.

Esta experiencia francesa es el pilar sobre el que descansa toda su filosofía enológica.

Un ecosistema de proyectos

Fátima Ceballos no es solo una bodeguera: es una figura central del nuevo Montilla-Moriles. Su influencia se extiende desde su propio proyecto Lagar de la Salud  a otros varios dentro de la DO: es enóloga del proyecto parcelario Los Insensatos de la Antehojuela, responsable de los vinos blancos tranquilos de Toro Albalá, y consultora del Lagar de Santa Magdalena. Desde la vendimia de 2021 gestiona también un nuevo proyecto de Toro Albalá en el Bierzo, explorando distintos terruños con variedades de maduración tardía en orientación norte.

El punto de inflexión

«Creo que hay un punto de inflexión aquí en la zona Montilla-Moriles, como en otras zonas de España», afirma Fátima. Y ella misma es parte de ese punto de inflexión: una enóloga que llegó por amor, se quedó por convicción, y está demostrando que el pedro ximénez seco de albariza puede estar entre los blancos más interesantes de España.

El Quejigal

La variedad: pedro ximénez más allá del dulce

Pedro ximénez es aquí la uva reina. Uva blanca, casi transparente, de piel fina y pulpa muy jugosa, con un contenido alto en azúcares, y con la que Fátima ha hecho de su reinterpretación en seco su gran aportación al panorama vinícola español. Con formación clásica francesa y pasión por los vinos de terruño, creó la línea Miut para Toro Albalá —acrónimo de Mimo, Identidad, Uva y Tierra— para demostrar que esta variedad puede expresarse con elegancia y tensión más allá de los vinos dulces.

En su proyecto Los Insensatos de la Antehojuela, la elaboración busca extraer la expresión parcelaria de la pedro ximénez: fermentación en tinaja con control de temperatura y crianza biológica bajo velo de flor en tinaja durante siete meses. Lo que cambia de un vino a otro son la parcela, la edad de las viñas, la altitud, la pendiente y la orientación. Un ejercicio de precisión borgoñona aplicado a Andalucía.

Filosofía vitícola: biodiversidad y trabajo manual

La firma Dulas trabaja el viñedo de forma manual, con una filosofía ecológica que fomenta la biodiversidad y el equilibrio de las plantas. El ecosistema del viñedo depende de microorganismos que descomponen la materia orgánica y hierbas que airean el suelo con sus raíces, favoreciendo el desarrollo de las cepas. Aran la tierra un par de veces al año y desbrozan para controlar la cubierta vegetal sin eliminar la competencia del todo.

Una viticultura de escucha al terreno, sin artificios.

Albarizas

El regreso a Montilla: amor, tierra y pedro ximénez

Fue en Languedoc donde conoció a Miguel Puig alma pater del proyecto, cuyo bisabuelo había sido propietario del Lagar de la Salud en Montilla. Fátima llegó por primera vez a ese lagar histórico en 2014 y se enamoró del lugar. La historia del Lagar de la Salud, con generaciones de familia vinculadas a la tierra, y el potencial de sus viñedos fueron decisivos.

Lagar de la Salud es el proyecto personal de Fátima Ceballos y Miguel Puig, construido sobre la finca familiar de Miguel de donde nace el proyecto Dulas, «salud» leído al revés, una forma de conservar el origen y la tradición pero desde otra perspectiva.

El terruño: albariza, sierra y Moriles Altos

Para entender los vinos de Fátima Ceballos hay que entender el territorio en el que trabaja. La DO Montilla-Moriles tiene dos zonas de calidad superior bien diferenciadas: la Sierra de Montilla y Moriles Altos. Los suelos del Lagar de la Salud pertenecen a los ruedos —tierras más profundas, fértiles y arcillosas, con vetas ferrosas en la parte de pedro ximénez—, mientras que las zonas más altas de la sierra producen vinos más finos.

En sus proyectos parcelarios, Fátima trabaja con fincas en los puntos más elevados. En la Sierra de Montilla, en el paraje elegido, las viñas tienen más de 70 años con un sistema radicular tan potente que la uva madura conservando el frescor. La mayoría son pedro ximénez, pero también hay cepas de Baladí y Montepila, variedades autóctonas que aportan complejidad histórica.

El suelo protagonista es la albariza: rica en carbonato cálcico, compuesta de margas blandas con una textura frágil, pobre en materia orgánica pero de composición mineral singular. Es el mismo tipo de suelo que confiere identidad a Jerez, pero con un clima más continental y mayor amplitud térmica, lo que aporta frescor a uvas que crecen bajo un sol extremo.

Los vinos de la cata

La selección de los vinos fue propuesta por Fátima Ceballos ya que considero que nadie conoce mejor a los "hijos" como sus propios "padres" y así iniciamos el recorrido por 6 vinos marcados todos por una personalidad propia y compartiendo los 4 blancos la misma uva, pedro ximenez, pero con sensaciones totalmente distintas.

1.- Dulas 2022

Las uvas de Pedro Ximénez que dan vida a este vino proceden de una parcela singular de 1,2 hectáreas en el Pago del Lagar de la Salud, donde los suelos de arcillas calcáreas y ferruginosas imprimen al fruto un carácter inconfundible. La vendimia, enteramente manual y con rigurosa selección de racimos, inaugura un proceso de elaboración de gran delicadeza: prensado a baja presión para preservar lo mejor de la uva, fermentación en barricas de roble francés de distintas capacidades —225, 300 y 500 litros— y una paciente crianza sobre lías de doce meses que asienta y afina la personalidad del vino. 12,86 % vol.

En copa, ofrece una vista de amarillo limpio y luminoso, de notable elegancia visual. En nariz, despliega un abanico complejo y armonioso: toques salinos y de fruta blanca que se entrelazan con leves notas empireumáticas —ese sutil recuerdo al fósforo que tanto caracteriza ciertos vinos de guarda—, apuntes florales discretos y, sobre todo, la identidad inconfundible de la Pedro Ximénez seca, ese alma varietal que lo define y distingue.

Es lo que algunos catadores podrían llamar un vino horizontal: integrado, redondo, en plena madurez expresiva, aunque con reservas de potencial para quien tenga la paciencia de esperarlo.

En boca, la elegancia continúa: acidez precisa, equilibrio impecable y un retrogusto sabroso y salino que redondea con maestría todo lo que la nariz había prometido.

2.- Los injertos 2023

Este vino nace de una historia tan apasionante como el propio líquido que la contiene. Fátima Ceballos lo elabora en colaboración con la Bodega Los Insensatos, de la mano de seis amigos que, en plena pandemia —el año 2021—, decidieron lanzarse a la aventura de hacer vino de manera, en sus propias palabras, "insensata". De aquel impulso nació un proyecto que hoy, por fortuna, da frutos extraordinarios.

La uva, también Pedro Ximénez, proviene del Pago de La Cañada Navarro, en la Sierra de Montilla, donde las viñas arraigan en alberos ligeros de tosca de antehojuela con textura franco-arcillosa. La parcela, orientada en eje noroeste-sureste, presenta una pendiente del 15 % y se asienta a 525 metros de altitud, condiciones que confieren frescura y tensión al conjunto. La vendimia tuvo lugar el 29 de agosto de 2022.

La elaboración es meticulosa y llena de intención: recolección manual, despalillado y estrujado, prensado suave, desfangado en frío durante 24-48 horas y fermentación en tinaja de hormigón con temperatura controlada. El vino completa después siete meses de crianza biológica bajo velo de flor en tinaja, ese proceso ancestral que aporta profundidad y complejidad al resultado final.

En copa, el color es un amarillo pálido con reflejos verdosos, vivo y brillante. La nariz es un viaje de contrastes fascinantes: desde la frescura cítrica hasta los recuerdos ahumados y ese punto mineral que evoca casi el queroseno —sí, esa nota que a más de un catador le ha traído a la memoria los mejores Rieslings—, pasando por apuntes de bollería y una mineralidad que vertebra el conjunto.

Si Dulas es un vino horizontal —envolvente, integrado, que se expande en amplitud—, este Los Injertos apunta decididamente en la dirección contraria: es un vino vertical, ascendente, directo. Tiene carácter, volumen en boca, un recorrido generoso y una sabrosa y elegante sapidez que lo convierte en una experiencia memorable.

viñedo en primavera

3. La Condená 2023: El último aliento de un patrimonio

Este vino nace de una paradoja triste: es el homenaje a una viña que ya no existe. La Condená debe su nombre al destino fatal de sus cepas, arrancadas en 2021 para ceder su sitio al olivar. Sin embargo, Fátima Ceballos y el colectivo Los Insensatos han logrado embotellar su memoria. Un monovarietal de Pedro Ximénez (13,5% vol.) que actúa como testamento líquido de la Viña La Estrella (Pago de Benavente).

    • Terruño y Origen: Situada a 580 msnm con orientación noreste, la viña se asentaba sobre los míticos alberos profundos de tosca de antehojuela. Un suelo franco-arcilloso que regala una de las panorámicas más bellas de la Sierra de Montilla.

    • Vinificación: Vendimia manual con selección rigurosa. Tras un desfangado estático, fermentó en tinaja de hormigón bajo control térmico. Su carácter lo define una crianza de 11 meses bajo velo de flor en tinaja, donde las lías finas aportaron estructura. Producción limitada a 1.974 botellas.

    • Cata: De un amarillo pálido, limpio y cristalino. En nariz es puro paisaje: mineralidad de albariza, matices cítricos, bollería fina y un sutil fondo herbáceo. En boca es seco, de una sapidez vibrante y persistencia salina. Un vino elegante cuya retronasal invita irremediablemente al siguiente trago.

4. MUIT El Quejigal 2021: Mimo, Identidad, Uva y Tierra

Bajo el acrónimo que resume su filosofía, MUIT es la expresión máxima de una parcela en Cerro Macho (600 msnm). Aquí, la uva Pedro Ximénez lucha con un suelo arcillo-calcáreo donde la roca madre —la tosca cerrada— marca el paso. Elaborado por Fátima Ceballos para Bodegas Toro Albalá, estamos ante un vino de añada con una capacidad de guarda asombrosa.

    • Elaboración: Un ensamblaje maestro que combina la pureza de la ánfora de terracota con la estructura de la barrica de roble francés durante 12 meses. Un equilibrio perfecto entre tradición y modernidad (13% vol., 1.818 botellas).

    • Cata: Presenta un color dorado brillante y seductor. Su complejidad aromática es un festín de frutos secos, membrillo, toques tostados y esa verticalidad mineral tan característica. En boca sorprende por su volumen y equilibrio; es largo, persistente y posee una tensión que lo hace, sencillamente, excelente.

Viñas de El Bierzo

Por último, quedarían por comentar los vinos elaborados con uvas tintas. El primero Dulas 2024, tal vez sea el que puede econtrarse más "fuera de lugar", ya que está elaborado con uvas Cabernet Sauvignon provenientes del Pago del Lagar de la Salud, de una época en la que se sustituyeron viñas blancas por castas tintas, algo que hoy considero totalmente erróneo, pero "c'est la vie!" y muchas veces tenemos que hacerle frente con decisiones tomadas por nosotros mismos o por nuestros antepasados marcadas por las presiones del momento que no tiene sentido, pasado el tiempo, valorar ahora.

5. Dulas 2024: La finura de la Cabernet Sauvignon

Desde el Lagar de la Salud, en un pequeño pago de apenas 1,5 hectáreas, nos llega este tinto que desafía las convenciones de la zona. Es un vino que busca la frescura y la amabilidad del suelo arcilloso-calcáreo sin perder la tipicidad de la variedad.

    • Elaboración: Selección manual y despalillado sin estrujar, respetando la integridad del grano. Tras una maceración prefermentativa de uva entera, el vino realizó una crianza de 10 meses en barricas de roble francés (300 y 225 litros). (13% vol., 6.300 botellas).

    • Cata: Visualmente luce un atractivo color picota de capa media-alta. La nariz es sugerente, conjugando notas de cacao con fruta negra y roja explosiva (fresa) sobre un fondo mineral. En boca es una delicia: fresco, con un carbónico sutil que le aporta alegría. Es sedoso, goloso y de una elegancia que lo hace muy fácil de disfrutar.

6. 3 Parcelas 2021: El alma del Bierzo por Toro Albalá

Fátima Ceballos traslada su maestría al Bierzo, buscando la complejidad a través del ensamblaje de tres terruños distintos. Es un ejercicio de precisión donde cada parcela aporta una dimensión diferente: fluidez, músculo y carácter.

    • El Terroir: El vino une las cepas centenarias de Mencía de tres parajes clave: El Castro (Cacabelos, caliza y arcilla), San Salvador (Torullón, pizarra y arena) y El Vallinón (Orbanajo, pizarra y arcilla).

    • Vinificación: Las parcelas se vinifican por separado para respetar su identidad, con un posterior envejecimiento de 13 meses en barricas de 500 litros. Producción de 4.433 botellas.

    • Cata: De color picota profundo y brillante. Es un vino de "capas": asoman primero los frutos rojos, seguidos de la pizarra, el grafito y el carbón, para terminar en notas de cacao y regaliz. La boca es pura seda; elegante, equilibrada y con una acidez impecable que vertebra todo el conjunto. Un Mencía de largo recorrido y enorme personalidad.

Fátima Ceballos y Miguel Puig. Almas de Dulas

Fátima Ceballos: La mirada que está reescribiendo el Sur

Su llegada a Montilla-Moriles marca un punto de inflexión en la comarca. No solo ha demostrado que la Pedro Ximénez puede codearse con los grandes blancos del mundo a través de su precisión "borgoñona", sino que ha sabido leer la albariza con una honestidad asombrosa.

En este camino no ha estado sola ya que una parte importante de que el proyecto tenga luz se debe a su pareja y socio Miguel Puig. Juntos han convertido este proyecto en una declaración de intenciones, pero es la mano de Fátima la que traduce la tierra en emociones, demostrando que el respeto por la herencia no está reñido con la libertad creativa.

Sus vinos se agotan porque no venden marketing, sino una verdad líquida: la de una enóloga que llegó por convicción y se ha quedado para demostrar que, cuando se escucha a la tierra con respeto y técnica, el resultado es, sencillamente, pura emoción.

Fátima es, ante todo, una intérprete de paisajes. Tiene esa capacidad casi intuitiva de ver vida donde otros ven olvido —como en esa "Condená" que hoy recordamos gracias a ella— y de tratar la uva con una delicadeza que se siente en cada copa. Su figura representa el orgullo de volver al origen para hacerlo brillar, recordándonos que el mejor vino no es el que sigue una receta, sino el que tiene la valentía de contar una historia de verdad.

¡Salud y buen vino!

Lobato «viñas olvidadas» 2020. La pasión por un sueño.

Lobato «viñas olvidadas» 2020. La pasión por un sueño.

Descubre la Esencia de Lobato 2020

Cata del Vino Lobato 2020: Un Viaje Sensorial

Se habla constatemente de que nuestros campos se están vaciando, algo que es innegable, y que hay que tener muy claro, y sobre todo, mucha pasión para volver a empezar de cero con el fin de que un sueño se haga realidad. Y eso es lo que han conseguido dos jóvenes como Melissa y Ángel con su bodega Dominio del Noveno en territorio del Parque Nacional de Las Arribes del Duero con pequeñas parcelas multivarietales sobre suelos paleozóicos pobres, pero con gran potencial para el desarrollo de la viticultura heroica en la mayoría de los casos y con pequeñas producciones que dan lugar, como éste magnífico Lobato "viñas olvidadas" 2020, a ser disfrutadas. Se habla de castas mayoritarias como la Juan García, y las minoritarias Bruñal o Garnacha gris, sin mencionar a la uva Rufete, para algunos la "pinot noir" asentada en tierras de la Sierra de Francia.

En fin, creo que es el momento de dar paso al protagonista de este post. Espero que disfruten tanto con él como con el vino si consiguen alguna de sus botellas de ésta o de las posteriores añadas, porque me lo van a agradecer.

La Lobaguera.

Parcela de La Lobaguera de Dominio del Noveno

La parcela de La Lobaguera, plantada en 1940 y con una superficie de 6.620 m2,  cuenta con 901 cepas y se encuentra situada en pleno Parque Nacional de Las Arribes del Duero en el término de San Felices de los Gallegos a 620 msm con dos laderas diferenciadas expuestas al este y al oeste.

Suelos del período Carbonífero de carácter granítico franco-arenosos de unos 10 cm de profundidad. Suelos ácidos que facilitan la maduraciones ya que por la noche se enfría con mayor rapidez.

De clima continental con influencias mediterráneas, y claro aporte atlántico con precipitaciones medias que alcanzan los 780 mm.

Variedades de Uvas

Uvas del Lobato 2020

Viñas de Dominio del Noveno

Conviven más de 15 variedades minoritarias entremezcladas en la parcela sin que ninguna predomine, pudiendo citar algunas como Bruñal, Juan García, Cabernet, Bastardillo chico, Rufete, Mandón, Tinto Jeromo, Tinta Madrid, Gajo Arroba, Garnacha, etc.

Elaboración del Vino Lobato 2020

Viñas y clima en Dominio del Noveno

VENDIMIA: 21 de septiembre del 2020. Manual en cajas de 10 kg. Selección de racimos y bayas en la viña.

VINIFICACIÓN: Coupage en la viña de todas las variedades, con 30 % de racimo entero seleccionado y 70 % racimo despalillado
manualmente. Co-fermentación espontánea con levaduras indígenas en depósito abierto, con maceración pre-fermentativa en frío, y un tiempo total de macerado de 40 días. Un bazuqueo diario realizado manualmente.

CRIANZA: 12 meses de crianza en una sola barrica de roble francés de 300 L, más 10 meses mínimo de crianza reductiva en botella.

Producción 400 botellas. 14% vol. D.O. Las Arribes.

Cata del Vino Lobato 2020

Precioso color picota de capa media con menisco carmesí. Lágrima fina y densa. Atractivo.

En nariz despliega aromas a fruta negra madura (grosellas y moras) acompañado por intensas notas minerales de arenas graníticas. Apuntes balsámicos (regaliz) y especiados conjuntados son recuerdos florales (lilas).

Boca con un excelente ataque: fresco, con cuerpo y volúmen. Tanino sedoso y con muy buen recorrido que lo hace adictivo.

Muestra muy buen equilibrio acidez-alcohol que hace a éste imperceptible aún con sus 14% vol.

En retronasal el aporte mineral y frutal prima sobre el resto de las sensaciones aunque el conjunto es muy elegante.

Ahora mismo lo encuentro muy redondo y en un excelente momento para disfrutarlo, aunque esa buena acidez augura un buen recorrido en el tiempo.

Si se cruzan con alguna de sus escasa botellas, no lo duden porque es un auténtico lujo, no por precio, sino por disfrute.

¡Salud y buen vino!